jueves, junio 20, 2024
Por el mundo

Granada. La pequeña revolución olvidada

 “Debemos tener el derecho a construir nuestro proceso en un camino propio, libre de interferencias extranjeras, libre de todas las formas de amenazas o intentos de obligarnos a aceptar procesos de otros países. Hay que poner fin a las invasiones, fin a la llegada de los marines, fin a las matanzas de nuestros Sandino, de nuestros Che, de nuestros Allende”.

Maurice Bishop al Movimiento de Países No Alineados.

Por Jorge Montero/El Furgón –

En octubre de 1983 la poderosa División Aerotransportada 82°, con quince mil marines y los 300 soldados recolectados de apuro entre los vecinos de Granada (Jamaica, Antigua, San Vicente, Santa Lucía, Barbados y Dominica) aplastaron la resistencia de un pueblo atónito, herido por el drama de su revolución perdida, la primera experiencia socialista en el Caribe tras la Revolución Cubana.

Granada es la más meridional de las islas de Barlovento, situada a 162 kilómetros al norte de Trinidad y Tobago, en el mar de las Antillas. Cuando Cristóbal Colón llegó a la isla en 1498 la bautizó con el nombre de “Concepción”. Sin embargo, otros exploradores españoles lo cambiaron a “Granada”, por la similitud que encontraron entre el terreno montañoso de la isla y la Sierra Nevada que rodea la ciudad española. Fue adquirida para Francia por el gobernador de Martinica, quien en 1650 fundó la colonia de Saint George y exterminó a sus habitantes, los caribes. El dominio francés se extendió hasta 1762, importando esclavos para las plantaciones de caña de azúcar. A partir de ese año Granada cambió frecuentemente de manos en el transcurso de las guerras entre Francia e Inglaterra, hasta que finalmente quedó reconocida la soberanía británica. Mucho después, en 1967, integró los Estados Asociados de las Antillas Británicas, con régimen autónomo, hasta que en febrero de 1974 obtuvo su completa independencia.

Bishop junto al pueblo de Granada

Desde entonces y bajo la administración del primer ministro Eric Gairy, un extravagante y siniestro personaje que supo cultivar amistad con Augusto Pinochet y se valió del apoyo incondicional de británicos y estadounidenses para imponer un régimen signado por la corrupción y el terror, los granadinos padecieron un 60 por ciento de analfabetismo; un 50 por ciento de desempleo; un infausto sistema de salud con sólo 23 médicos -uno por cada 6.000 habitantes-; una economía desquiciada que obligaba a la isla a importar más del 40 por ciento de los alimentos ante la inexistencia de cualquier proyecto agroindustrial; y sobre todo, una represión sistemática que imponía la milicia personal de Gairy, el “escuadrón Mangosta”, y que le permitió ganarse el apodo de “Idi Amín del Caribe”.

El 13 de marzo de 1979, mientras el dictador estaba en Estados Unidos promocionando a su hija para un concurso de belleza, e interesándose por los últimos adelantos en materia de platos voladores -su gran pasión-, un joven abogado, carismático y popular, Maurice Bishop, al frente del Movimiento de la Nueva Joya para el Bienestar, la Educación y la Libertad de Granada, salió de la clandestinidad, tomó la estación de Radio Free y copó el cuartel militar sin disparar un solo tiro. Esa mañana miles de granadinos escucharon por primera vez la voz de la esperanza: “Hermanos y hermanas, les habla Maurice Bishop… Al pueblo de Granada le digo que esta revolución es por el trabajo, la alimentación, la vivienda digna, los servicios de salud, y por un futuro brillante parar nuestros hijos y nietos. Unámonos todos como uno solo. ¡Viva el pueblo de Granada!”.

Maurice Bishop junto a enfermeras

Se abrieron entonces para el pequeño país caribeño cuatro años de progreso, en cuyo transcurso se redujo el desempleo notablemente a un 14 por ciento; se decretó la gratuidad de la educación primaria y secundaria, iniciándose campañas para eliminar el analfabetismo; se desarrolló una economía mixta con el Estado como sector dominante que pasó a controlar entre el 44 y el 50 por ciento de la banca; el 50 por ciento de las tierras productivas –en su mayoría pertenecientes a Gairy– fueron expropiadas iniciándose una reforma agraria; el número de médicos se acrecentó, instruyéndose a la población sobre medicina preventiva y primeros auxilios, mientras se multiplicaban los puestos de atención médica y dental. Se inició además la construcción del aeropuerto internacional de Puerto Salinas, clave en el desarrollo turístico y económico de la isla. Mientras en los alrededores del aeropuerto se levantó el complejo Ramón Quintana integrado por canteras, una planta de asfalto y un molino de piedra; se construyó la primera planta agroindustrial de Granada, donde se fabricaban jugos, mermeladas y conservas con frutas del país, lográndose reducir la importación de alimentos en un 28 por ciento. Además, se puso en marcha un complejo habitacional para proporcionar viviendas a unas 500 personas.

Gabriel García Márquez, quien conoció en profundidad al caudillo granadino, destacó su sentido del humor y una determinación admirable como singularidades de su personalidad. “Lo que más me impresionaba era su simpatía, capaz de proyectarse en la muchedumbre. Es difícil encontrar otro hombre más elegante en la tribuna, no sólo por su estampa de casi dos metros y por su gracia caribe, sino por su inglés impecable y por la fluidez y la magia de sus palabras”.

Maurice Bishop

Desde que se difundieron las primeras noticias de la insurrección popular, Estados Unidos inició una campaña de hostigamiento, congelando créditos financieros, lanzando operaciones de desinformación y alentando atentados terroristas contra el cada vez más popular líder revolucionario. Como la enorme mayoría de sus compatriotas Bishop era descendiente de esclavos africanos, decenas de miles trasladados a la fuerza como mano de obra para el infierno de las plantaciones; pero a diferencia de muchos jóvenes como él, pudo eludir la miseria. Estudió Derecho en Oxford, donde profundizó la lectura de los clásicos del marxismo y también de los protagonistas de la lucha afroamericana, como Malcolm X. Ya de regreso a Granada, la política signo sus días y el socialismo sus ideas.

Vertiginosamente, Granada fue abandonando su pasado como colonia esclavista para afirmarse como nación independiente. La reconstrucción nacional comenzó con la creación de la Asamblea Popular de Consulta como máximo organismo de decisión, determinando que el Estado se transformara en el vehículo de unidad de obreros y campesinos, procurando que fueran los propios trabajadores quienes tuvieran a cargo la defensa y el desarrollo de su revolución. Después se impulsó la sindicalización de todos los sectores bajo el lema: “Todo el pueblo tiene que estar organizado”, multiplicándose las organizaciones de masas en cada rincón del archipiélago.

Bishop y Fidel Castro

Para afirmarse en ese proceso de transformación, el gobierno revolucionario de Granada contó con el apoyo solidario de Cuba, que asesoró aportando expertos en educación y planificación agrícola, para luego enviar obreros y técnicos de la construcción. “Bishop no era un extremista, aunque sí un verdadero revolucionario, consciente y honesto. Lejos de estar nosotros en desacuerdo con su política inteligente y realista, la veíamos con plenas simpatías, porque se adaptaba rigurosamente a las condiciones concretas y las posibilidades de su país”, explicaría después Fidel Castro.

Urgencia y pragmatismo. Bishop se ocupó de perseguir cada día ese equilibrio entre las posibilidades materiales concretas para un país pequeño y débil y los deseos de transformación, que siempre parecían ir por detrás de los altisonantes discursos izquierdistas de quienes pretendían acelerar los cambios sin tomar en cuenta la amenaza latente de una invasión por parte de Estados Unidos, que observaba con aprensión la influencia creciente de la Revolución Cubana, el triunfo del sandinismo en Nicaragua y el avance de la guerrilla en El Salvador y Guatemala.

La invasión estadounidense

Esa distancia entre la realidad y el dogma terminó por despertar la enfermedad de la conspiración. El cerebro de la intriga fue nada menos que Bernard Coard, vicepremier, ministro de Finanzas y de Planeamiento, amigo y aliado de Bishop desde la adolescencia, pero ahora dócil ante las presiones que llegaban desde la Unión Soviética. La versatilidad de Bishop se miraba desde Moscú con desconfianza y su decisión de no disciplinarse al juego geoestratégico del stalinismo generaba suspicacias. Estaba claro que Coard era su hombre en Granada, pero en su propio país era casi un desconocido, una tenue sombra al amparo de la luz que irradiaba Bishop ante las masas granadinas.

Los días de la revolución en Granada

El 13 de octubre de 1983, al regresar Bishop de un viaje diplomático por Cuba, Hungría y Checoslovaquia, el complot de Coard se puso en marcha. Bishop fue destituido por el Comité Central del Movimiento Nueva Joya, hegemonizado por la línea pro-soviética y liderado por Coard, que lo acusó de “traición al marxismo-leninismo”, “desviaciones pequeño-burguesas” y de rechazar la propuesta de “liderazgo compartido”, todo lo cual significaba un disfraz para el golpe de Estado.

Bishop, expulsado del MNJ, desarmado y arrestado junto a un puñado de sus seguidores, mientras el “grupo polpotiano” -como lo definió Fidel- tomaba las riendas del poder, a espaldas del pueblo granadino, por medio de un Consejo Militar. El 19 de octubre, una multitud perpleja e indignada salió a las calles a liberar a su líder. Los estudiantes abandonaron las escuelas, los trabajadores las fábricas, se unieron campesinos, la abigarrada muchedumbre de más de 10 mil personas arrancó literalmente a Bishop de los brazos de sus carceleros. Entonces marcharon rumbo al Fuerte Rupert con el objetivo de requisar armamento para enfrentar a los golpistas. Las fuerzas militares dispararon a mansalva contra el pueblo desarmado. Maurice Bishop, su compañera Jacqueline Creft -ministra de Educación-, Unison Whiteman -ministro de Exterior-, Norris Bayne -ministro de Vivienda-, y dos dirigentes obreros, cayeron heridos bajo las balas. Arrastrados por los militares al interior del cuartel, fueron inmediatamente fusilados. El cadáver de Bishop jamás fue encontrado. Algún sobreviviente pudo escuchar la voz de un general que exclamaba: “misión cumplida”, apenas apagados los ecos de los disparos de aquel 19 de octubre.

Ronald Reagan

Idiota útil, dogmático burócrata o agente de la CIA, lo concreto es que las maniobras de Coard resultaron la excusa perfecta que necesitaba Ronald Reagan para lanzar la invasión. Entonces llegaron ellos, con sus helicópteros y sus portaaviones. Con sus rangers y sus marines. Con su prepotencia y su salvajismo. A destruir todo lo sembrado. A aplastar a un pueblo, que resistió más de una semana a fuerzas infinitamente superiores. Veinticuatro trabajadores cubanos también cayeron en defensa de la isla, como ejemplo del internacionalismo socialista. “Estados Unidos, queriendo destruir un símbolo, mató un cadáver, y a la vez resucitó un símbolo”, señaló Fidel Castro.

Tras los marines, desembarcó el estadounidense George Schultz, Secretario de Estado. En su primera conferencia de prensa declaró: “A primera vista advertí que esta isla podría ser un espléndido negocio inmobiliario”. Comenzaba la ocupación.

Sentenciado a muerte en 1986, Bernard Coard pidió clemencia -sin reconocer haber ordenado el asesinato de Bishop- y se benefició con un indulto en 2009. Hoy todavía arrastra su sombra por Londres y otras ciudades británicas, promoviendo su libro “The Granada Revolution: What Really Happened?” (La Revolución de Granada: ¿Qué pasó en realidad?), auspiciado por el periódico ‘Morning Star’, asociado al Partido Comunista de Gran Bretaña…preso del olvido de los granadinos.

Los norteamericanos en plena invasión

“Como ocurrió con Salvador Allende, había que matarlo para sustituirlo en el poder, pero nadie podrá sustituirlo en la memoria del pueblo. Tenía 39 años. No había otro igual a él en Granada, ni en muchas leguas a la redonda”, despidió a Maurice Bishop, el escritor García Márquez.

Los granadinos tienen una larga historia de levantamientos populares en contra de gobiernos dictatoriales y tienen, además, la experiencia de una democracia popular a cuyo frente estuvo Maurice Bishop que no han olvidado. Pese a los treinta y seis años transcurridos, nada indica, entonces, que Estados Unidos y sus gobiernos títeres puedan sentirse tranquilos en esta parte del Caribe.