lunes, abril 22, 2024
Cultura

El camorrero del bandoneón

Mariana Fossati/El Furgón* – Vicente era alto, altísimo y espigado, en su cara reinaba la prominente nariz por sobre los labios finos y, captando toda la atención, unos ojos oscuros, atentos, que miraban al futuro desafiándolo. Con gorra de tanito y una valija de cartón desembarcó en Nueva York a mediados de los años 20, venía de otra ciudad marítima, había viajado durante días dejando atrás Mar del Plata. En el sur habían quedado, también, Asunta Manetti, su esposa, y el hijo de ambos, Astor, de 4 años. La separación sería circunstancial: con el cinturón cada día más apretado, Vicente había viajado para cambiar el presente y el futuro de su familia. Una vez que comprobó que podría conseguir trabajo en Nueva York, volvió a Mar del Plata a buscar a los suyos y juntos hicieron la apuesta de una nueva vida. Los padres de Vicente y Asunta habían cambiado su Italia natal por la prometedora Argentina y ahora ellos apostaban a otra geografía, pero se apoyarían en la solidaridad de otras familias italianas: primero Vicenzo Baudo les prestó una habitación de su casa para que se quedaran un tiempo, luego un paisano de Trani –el pueblo de donde era el padre de Vicente– le enseñó el oficio de peluquero y ahí nomás empezó a trabajar en la barbería de Nicola Scabutiello, un tipo con pinta y prontuario de mafioso.

Astor rengueaba de una pierna, lo iba a hacer toda su vida: los médicos de Mar del Plata decían que había sufrido una parálisis durante la gestación y lo habían operado 4 veces sin lograr corregir del todo el problema. Lo primero que vio el vástago de los Piazzolla desde el barco fue la estatua de la libertad, la imagen guardada en su memoria no era clara, lo que sí recordaría con claridad y de por vida –como su mito fundacional– serían las calles de Manhattan. Allí se convirtió en Lefty, apodo bien ganado gracias a una zurda demoledora que sacaba seguido, dando rienda suelta a su espíritu camorrero. Era bajito, usaba zapatos especiales y buscaba sobresalir, romper las normas: si no lo dejaban salir se escapaba, desoía a los médicos y jugaba al béisbol, nadaba, corría como cualquier chico o, en lo posible, más que el resto. “Me gustaba el desafío. Lo que no se animaban a hacer los demás lo hacía yo. Teniendo dos centímetros menos en la pierna derecha también fui a aprender zapateo americano y hasta lo bailé públicamente”, contó.

“De algún modo, lo que soy se lo debo a esos primeros años en Nueva York. Aquello era el mundo que se ve en la serie Los Intocables: la pobreza, la solidaridad entre paisanos, la Ley Seca, Eliot Ness, la mafia… Yo era muy indisciplinado, no me gustaba mucho la escuela –me expulsaron de varias y para mis padres era cada vez más difícil que me aceptaran en la siguiente– y andaba mucho por las calles. Ese ambiente me hizo muy agresivo, me dio la dureza y la resistencia necesarias para enfrentarme al mundo y, sobre todo, a los escándalos que, veinticinco años después, iba a desatar mi música”, le dijo Astor Piazzolla al periodista del diario El País de Montevideo, en 1988.

La familia Piazzolla vivía en el Greenwich, que por esos años era –en palabras de Astor– “un distrito maldito”. Las bandas de gángsters se disputaban el territorio y los negocios: los judíos se enfrentaban con los italianos, los italianos con los irlandeses, los líderes judíos se mataban entre sí. Y en medio de ellos, el argentinito se bebía todo con los ojos, con los oídos: si bien el sonido preponderante era el jazz, Piazzolla le dijo a Natalio Gorin: “Todo se va metiendo bajo la piel. Mis acentuaciones rítmicas, tres más tres más dos, son similares a las de la música popular judía que yo escuchaba en los casamientos”.

Al poco tiempo, la madre de Astor también consiguió trabajo: primero se dedicó a armar tapados de piel sintética, pegando pelo por pelo, y cuando la alergia se hizo insoportable se empleó en una peluquería a la que iban las esposas de los gángsters italianos y judíos, unas y otras, claro, en distintos horarios. Vicente y Asunta trabajaban muchas horas, incluso los domingos, y Astor andaba callejeando: formaba parte de una barra pesada de italianitos: “era la versión infantil de lo que pasaba entre los grandes. Lo nuestro no pasaba de las trompadas, pero había que tener agallas”.

Hasta el momento, el destino del pequeño Piazzolla parece signado: su renguera no le hubiese permitido ser boxeador como su amigo Jack La Motta, ni jugador de béisbol como Joseph Campanella, sin embargo podría haberse dedicado a representar púgiles como John Pomponio o bien podría haber pasado una buena temporada a la sombra, como otros integrantes de la banda. La llave de su destino estaba guardada en una caja de cartón adentro del ropero: Vicente le había comprado un bandoneón. Astor quería tocar la armónica, hacer jazz, no quería saber nada con esa música melancólica que escuchaba su padre. Cada noche, en lo de los Piazzolla sonaban los discos de la orquesta de Julio de Caro, de Gardel y Pedro Maffia. Vicente insistió y Astor tuvo sus primeras lecciones de solfeo con un profesor italiano; no avanzó demasiado con la teoría musical pero aprendió a hacer una salsa de tomates exquisita.

Luego de cinco años, los Piazzolla intentaron instalarse en Mar del Plata pero la crisis los embistió de lleno y tuvieron que volver a Nueva York, en esta oportunidad para vivir en Little Italy. Astor, que ya había dejado de ser un niño, renovó sus aventuras con escapadas nocturnas para jugar al pase inglés bajo los faroles de la calle 40, con noches en los clubes de jazz del Harlem y hasta un intento frustrado de robar su deseada armónica en la tienda Macy´s.

En 1935 el diario anunció una visita que entusiasmó a Vicente y Asunta: Carlos Gardel llegaba a Nueva York para filmar dos películas. Nonino, como le decía Astor a su padre, pasó dos noches haciendo una talla de madera de un gaucho tocando la guitarra, en la base decía: “Al gran cantante argentino Carlos Gardel, Vicente Piazzolla”. El encargado de llevársela sería el propio Astor, que también debía llevar un mensaje: “Decile que se venga a comer unos ravioles. Ah, y no te olvides de decirle que tocás el bandoneón”. Por esos años no había muchos argentinos viviendo en Nueva York, por lo que Carlos Gardel recibió con entusiasmo al jovencito y le pidió que volviera con el bandoneón. Astor todavía no dominaba demasiado el instrumento, pero de inmediato Gardel lo incluyó en la película El día que me quieras, donde aparece como bandoneonista y vendedor de diarios.

Con esa fama a cuestas, Astor se convirtió en The argentine boy wonder of the bandoneon y actuó vestido de gaucho en un cabaret neoyorkino hasta 1937, año en que emprendieron el regreso a Mar del Plata. Nueva York y el tedio parieron a uno de los músicos más originales de la música popular argentina: “fue necesario el hastío: el aburrimiento de las tardes de verano en Mar del Plata. Yo ya había tenido varios anuncios de una vocación escuchando a De Caro, a Bach, a Cab Calloway. Desde entonces, aunque de modo confuso, yo intuía que lo mío debía ser una combinación de todo eso. Y el aburrimiento de las tardes marplatenses me predispuso a esperar algo. Yo sentía que mi vida no podía ser solamente eso, caminar como un sonámbulo por las calles de una ciudad semidesierta. Y de golpe, una tarde, mientras estaba recostado en mi cama, escucho por la radio al violinista Elvino Vardaro y su sexteto. Descubrí una nueva manera de tocar el tango y sentí que eso era lo que yo quería hacer”, reflexionó muchos años después. A los 16 años decidió irse a Buenos Aires a buscar su destino o tomarlo por asalto, como la armónica, pero esta vez decidido a imponerse, ya no con la zurda sino con trabajo y convicción.

*Artículo publicado en Revista Sudestada N° 147, Mayo-Junio de 2017