jueves, julio 18, 2024
Cultura

London Calling: un hueco entre las nubes

Martin Ardizzone/El Furgón – En diciembre de 1979 salió a la calle London Calling, el tercer disco de la banda que cambió el sonido del punk: The Clash. Una obra maestra con reminiscencias de rock, pop, rockabilly, jazz, reggae y ska.

The Clash lanzó el disco en diciembre de 1979 con la producción de Guy Stevens. En ese momento él asemejó su producción musical con la de Phil Spector: un productor estadounidense famoso por su técnica de orquestación. Tal vez estaba en lo cierto. Grabó una obra maestra junto a los Clash y murió un año después de la presentación del disco por sobredosis de medicamentos para controlar su adicción al alcohol. Stevens buscaba intensificar el ánimo durante la grabación y crear un clima de fervor en los ensayos. Una vez llegó a derramar vino en el piano de Joe Strammer para lograr el sonido que él quería.

El disco fue grabado cuatro meses antes de su lanzamiento en los estudios Wessex. El espacio, propiedad de Bill Price, estaba montado en una iglesia al norte de Londres. Para ese entonces la banda ya tenía dos álbumes. El primero, The Clash, lanzado en 1977 que honró el sonido característico del punk inglés cercano a los Pistols. Ese año el baterista Terry Chimes dejó el grupo y lo reemplazó Topper Headon, un músico criado en el soul y en el jazz. En 1978 el disco Give ´ Em Enogh Rope comenzó a bucear hacia otros géneros musicales y a buscar un sonido más limpio.

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En Inglaterra se vivía una crisis política y social cuando grabaron London Calling. Margaret Thatcher había llegado al poder en mayo de 1977 y en las calles de Londres las protestas reflejaban la desigualdad social. En ese momento la banda no tenía manager. Nunca estuvo claro quién fue el integrante de la banda que despidió a su mentor Bernard Rhodes

Joe Strammer y Mik Jones, autores de la mayoría de las letras del disco, se vieron inspirados por esta crisis. Pero no dejaron de lado la soledad del hombre, el amor, el consumismo y las drogas. Joe vivía en un departamento cerca del río Támesis. “Londres se está ahogando y yo vivo por el río”, escribió durante una crecida. Creó unos de los himnos de la historia del rock: London Calling. Más tarde la canción fue ensamblada por la guitarra de Mik Jones como una ametralladora que invitaba a la revolución.

Una de las canciones más conmovedoras del disco es Spanish Bombs. Hace referencia a la guerra civil española y a los luchadores que murieron sobre la colina. Comienza con la batería de Topper Headon. Marca un redoble de tambor que rememora a los soldados marchando hacia la guerra en búsqueda de la libertad.

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En el disco, la soledad en Lost in the Supermarket marcó el ritmo de un ska electrizante. Por su parte el bajista Paul Simonon hizo que las raíces del reggae comenzaran a florecer: para honrar aquel género musical, compuso The Guns of Brixton influenciado por Leroy Sibbles, el bajista de The Heptones. The Card Cheat, con el sonido destartalado del piano de Strammer, se adentró en un post-punk conmovedor.

Los Clash fueron visionarios. London Calling se caracterizó por su simpleza. Destruyó los estereotipos y abrió un nuevo camino en el futuro sonido de la banda. La canción Train in Vain, que no había aparecido en los créditos del disco, se convirtió en la pieza principal de Sandinista: su próximo álbum.

Descubrí ese tercer disco a los 21. En ese momento escuchaba los Ramones y un compilado de Buzzcocks, Operator Manual, pero todavía tenía una deuda pendiente con The Clash. Ahora, 19 años después, entendí que la música siempre es un buen antídoto para curar los dolores. Ahí estaba London Calling. Ese hueco entre las nubes.