lunes, abril 22, 2024
Cultura

Trinche Carlovich, anatomía de un mito

Walter Marini/El Furgón* – ¿Cuándo un jugador de fútbol se convierte en mito o leyenda? ¿A partir de qué suceso? ¿En qué contexto? ¿Por qué pasa a la historia grande con una trayectoria que es difícil de recopilar? ¿Qué hay en la vida de un jugador cuya carrera futbolística se inicia a los 16 años y finaliza a los 54, y del que apenas sobreviven unas pocas fotos, algún registro fílmico con alguna gambeta perdida en una película –Se acabó el curro, de 1983–, y pocos que lo vieron, pero que con el tiempo se trasformaron en cientos de miles? ¿Qué hay detrás de aquel mediocampista pelilargo, barbudo, de tranco lento, pero con un talento y exquisitez en la zurda que pocos supieron conseguir, y que a lo largo del tiempo fue tomando una dimensión exorbitante en el comentario del mundo futbolístico, comparable con muy pocos jugadores? ¿Qué se oculta detrás de ese pibe introvertido, de mirada triste, pero que le sacaba una sonrisa a todos aquellos que lo vieron jugar alguna vez?

trincheTomás Felipe Carlovich –acentuando la última sílaba–, el “Trinche”, nació el 19 de abril de 1946 y se crió en el barrio Belgrano, al oeste de la ciudad de Rosario. De pibito jugaba descalzo o en zapatillas en los potreros, en los campitos; tenía una rara habilidad: tiraba caños –paradojas de la historia: era séptimo hijo de un plomero yugoslavo– de ida y vuelta al mismo rival y, por consiguiente, no sólo confirmaba su dominio del balón sino también su oficio para defenderse a las trompadas cuando el contrincante no se bancaba semejante descaro, lo que le valió en muchas oportunidades irse a las duchas antes de finalizar los partidos. A los 16 ya había fichado para Rosario Central, llegó a jugar un partido en Primera y lo sacaron. Alternaba en la reserva, jugaba amistosos, pero no lo ponían a pesar de su técnica. El “Trinche” mascaba bronca, ya que lo único que quería era jugar. Cansado de la situación y ante la propuesta de un amigo, se va a jugar a la Liga Deportiva Sur con el Sporting de Bigand, donde también jugaba su hermano Eduardo –“Pichón”– quien, por supuesto y según cuenta la leyenda, era todavía mejor que él. En ese torneo, el clásico rival, Independiente, se había llevado casi todos los campeonatos. Pero claro, la llegada del “Trinche” y un par de jugadores de Central completaban un gran equipo que iba a terminar coronándose campeón. Después, decide volver a Central, y otra vez lo mismo: no lo tienen en cuenta, no hay caso. Lo ceden a préstamo a Flandria por seis meses –donde apenas jugó cuatro partidos–, juega de puntero izquierdo y hasta llegó a hacer un gol. Pero Jáuregui no era Rosario y se escapó del “Canario” para volver a la ciudad. Sin rumbo, aunque con la certeza de saber que lo único que quería era seguir jugando, no imaginaba que el destino le tendría reservada una trascendencia en el fútbol a pocos minutos de donde había revoloteado con la pelota durante tanto tiempo. Otro amigo le propone irse a jugar al “Charrúa”, Central Córdoba, y le insiste que fuera, que no le iban a exigir como en los otros equipos –la leyenda dice que al “Trinche” no le gustaba mucho entrenar; sólo jugar con la pelota todo el tiempo–, que iba a estar cómodo, que había buenos jugadores, que sí, que no, hasta que llega el día. Se presenta, juega un amistoso contra Sarmiento de Junín, ganan 2 a 0 y el “Trinche” hace los dos goles.

Ahí se inició el romance que incluye dos ascensos de la C a la B, en 1973 y 1982. Y el estadio Gabino Sosa, ubicado en el barrio La Tablada, sería una de sus casas. Pero claro, el “Trinche”, distinto, talentoso, lírico y bohemio, que durante horas y horas podía hacer jueguito con una piedra, que se resistía a las concentraciones, que no le gustaba recibir órdenes, iba a tener su día de gloria cuando una noche de abril de 1974, cuando fue convocado para formar parte de un combinado de jugadores de Newell’s y Rosario Central –él fue el único representante por Central Córdoba–, dirigidos por Carlos Griguol y Juan Carlos Montes para enfrentar a la Selección Nacional dirigida por Vladislao Cap, que andaba de gira por el inerior. Ni Togneri, ni Pancho Sá, ni la Oveja Telch lo pudieron parar. Él y Mario Alberto Kempes fueron las figuras del encuentro –tanto es así, que la leyenda cuenta que el seleccionador pidió que lo sacaran a los veinte minutos del segundo tiempo porque “iba a terminar mal”– que ganarían por 3 a 1. Por única vez en la historia, 30 mil hinchas de todos los clubes rosarinos se abrazarían para compartir una de las grandes demostraciones de fútbol que jamás se hayan visto. En ese partido nació el mito, y como pasa con todos los mitos, al día de hoy no existe rosarino que no afirme haber estado en la cancha ese día.

Tanta fue la repercusión, y tanto el desconocimiento –varios diarios lo mencionaron como “Carvolich” – que meses después el presidente de Independiente Rivadavia de Mendoza, Walter Bragagnini, se lanzó en su búsqueda. El “Trinche” llegó a la ciudad en enero de 1975 y a los quince días se volvió a Rosario. Lo fueron a buscar, lo localizaron, jugó el clásico contra Godoy Cruz y salió campeón de la Vendimia. El diario Los Andes marcaba que las intervenciones de “El Rey” se festejaban con devoción por parte del hincha leproso, cada vez que tiraba un chicle o un sombrero. De “Trinche” –apodo que tiene de chico y que no sabe por qué se lo pusieron– pasó a ser Tomás Felipe I, su Majestad. También por esas tierras fue “El Gitano”. Idas y vueltas, desplantes, locuras con el balón en los pies, en el pecho, se hacía echar para escaparse y volver a Rosario. En Mendoza lo amaron, no le cobraban en los restoranes, le regalaban ropa. Hasta el modista Anté Garmaz intentó llevarlo a Boca. Solo jugó quince partidos oficiales y fue campeón. El destino quiso que recalara en Colón de Santa Fé, que jugara dos partidos en los que salió por lesión, pero también por su enfrentamiento con el Vasco Urriolabeitia, uno de esos técnicos chantas que hablan del sacrificio y del trabajo, que lo quería obligar a correr (cuando la que tiene que correr es la pelota), y a marcar, a hacer cosas que no sentía, y que los hinchas del buen fútbol no tenían ganas de ver.

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El año 1978 lo encontraría en su segunda etapa en Central Córdoba, pero era un ciclo muy oscuro que le tocaba transitar ahora. La anécdota cuenta que llovía torrencialmente en el barrio La Tablada, y en medio del temporal, minutos antes del inicio del cotejo, los dirigentes tuvieron que ir a buscarlo, a golpearle la puerta de su domicilio. Carlovich se había ido a dormir la siesta creyendo que el partido ante Fénix se había suspendido. Demás está decir que el “Trinche” la rompió ese día.

Con más pena que gloria, volvía a alejarse del club con el que más sentía pertenencia, porque ningún técnico le podía decir al “Trinche” que fuera al banco: el era titular sí o sí. Así lo reflejaba un diario rosarino que se preguntaba: “¿Porqué no estuvo Carlovich en el banco de suplentes?”. Y el “Trinche” respondía: “Mi presencia en el banco va a poner nervioso al técnico Santángelo, y cuando la hinchada reclame mi presencia se va a desmoralizar”. 1979 lo encontraría nuevamente en tierras mendocinas, esta vez en Maipú. Fue otro año para el olvido en lo deportivo, la dirigencia del “Cruzado” había registrado su paso por el “Azul” de esas tierras y lo quiso a toda costa, en una época donde el club incorporaba jugadores en forma constante. Allí terminó cuarto y su compañero Raúl “Ñoqui” Galleasi contaba que durante los partidos competían para ver quién tiraba más caños. Pero en esa temporada otro partido dejó la memoria viva en las retinas, esta vez, la de los mendocinos. Fue convocado junto a otros jugadores de la liga para integrar el equipo de Andes Talleres que enfrentaría al poderoso Milán italiano, que estaba de gira por Sudamérica con la excusa del trofeo “Homenaje al inmigrante italiano”. La poderosa squadra mediterránea llegaba con nombres pesados: Enrico Albertossi, Franco Baresi, Gianni Rivera, entre otros. Cuando a mediados del segundo tiempo perdían 2 a 1 y los hinchas reclamaban, ingresó Carlovich y a base de caños, pases milimétricos y dos asistencias terminaron dando vuelta el resultado con un histórico 3 a 2 que nadie olvidaría jamás. Los italianos tiraban espuma por la boca, y por eso terminaron con 9 jugadores por distintas agresiones.

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El pibe que se había hecho crack en los baldíos de La Tablada, que había firmado un pacto con la pelota, que la quería para él solo, que iba al entrenamiento cuando quería porque era un incorregible, volvía a su gran amor. En 1980 lo fueron a buscar los dirigentes y los hinchas: “Eso sí, solamente cobrás si jugás”, le dijeron, y volvió y en 1982 fue campeón nuevamente, otra vez el Charrúa llegaba a la B, pero así como el “Trinche” había vuelto, también se podía ir. Podía haber sido un final de película, la vuelta olímpica, él retirándose con 36 pirulos, ídolo y figura. Pero se fue a Newell’s de Cañada de Gómez, y al tiempo –ya con 40 pirulos encima–, otra vez los hinchas y directivos lo fueron a buscar, pero en esta ocasión el objetivo era salvarse del descenso. Y se salvaron nomás: vaya paradoja, en la última fecha, el último partido del “Trinche” para el Charrúa fue nada más ni nada menos que frente a Flandria. Ese día se despidió con un golazo de tiro libre, para ponerle fin a su historia pública, porque después seguiría su carrera en Gaboto, en Argentino de Monte Maíz, en Sporting de Rosario, en la Liga Provincial Rosarina, siguió jugando en infinidad de campeonatos, torneos relámpago hasta que la rodilla le dijo basta. Pero el “Trinche” sigue ahí, pateando piedritas, monedas, pelotas, pero sobre todo, sigue vivo en la memoria de quienes lo vieron, y de quienes no.

*Arte de portada Repo Bandini/Artículo publicado en revista Sudestada, N° 139, Septiembre-Octubre 2015, Año 15