Donald Trump, Richard Nixon y la correspondencia secreta Lanusse-Nixon
Hace medio siglo, otro presidente estadounidense fue acusado de la deshonestidad ávida de poder que, para muchos, ha caracterizado las acciones de Donald Trump. En junio de 1972, un grupo de ladrones que trabajaban para la campaña de reelección de Richard M. Nixon a un segundo mandato como presidente, irrumpieron en la sede del opositor Comité Nacional Demócrata en el complejo de edificios Watergate, de Washington. Fueron detenidos a las 2:30 de la madrugada. Los medios de comunicación estadounidenses siguieron la noticia con cautela al principio, pero en 1973 se convirtió en noticia de primera plana no por el allanamiento en sí, que podría haber sido una noticia relativamente menor si el presidente hubiera investigado a fondo a los culpables y compartido toda la información con la policía. Fue la decisión de Nixon de encubrir el delito lo que llevó finalmente a la amenaza de destitución por parte del Congreso estadounidense y a la dimisión del presidente en 1974.
La Revindicación de Nixon
Nixon vivió y murió en desgracia por su deshonestidad y criminalidad. Pero en la última década, con el apoyo de Donald Trump, ha habido un esfuerzo a menudo exitoso de la derecha política para revindicarlo y borrar la historia de sus fechorías. Un paso importante hacia esa transformación se produjo en julio de 2024, cuando el presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, declaró: “El presidente es absolutamente inmune a la persecución penal por conductas dentro de la esfera exclusiva de la autoridad constitucional”. Mientras que algunos no vieron ninguna relevancia de esta conclusión para los crímenes de Nixon, otros consideraron que la sentencia absolvía tanto a Nixon como a Trump de cualquier acción como presidente en el supuesto de que toda decisión del jefe del Ejecutivo cae bajo el paraguas de la autoridad constitucional.
Una reivindicación más poderosa de Nixon ha llegado en el trabajo de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) bajo el director Brendan Carr. Nixon era hostil a los medios críticos, pero nunca fue capaz de sofocarlos. En cambio, en los últimos meses Carr ha actuado con mayor rapidez y eficacia para limitar la independencia de los medios de comunicación estadounidenses, que dependen de la FCC. Cada vez más, los grupos conservadores han presentado quejas ante una FCC comprensiva contra los medios impresos y digitales críticos con el Presidente. En las denuncias se alegan una serie de supuestas irregularidades, como la moderación injusta y sesgada de los debates presidenciales en 2024 y el hecho de que las principales cadenas de noticias no concedan a Donald Trump tiempo suficiente.
Pero el esfuerzo más importante para reescribir un legado heroico de Nixon ha venido de la mano de grupos conservadores que argumentan que la caída de Nixon, relacionada con Watergate, fue un esfuerzo conspirativo y siniestro de los liberales para destituir ilícitamente al presidente. El popular podcaster Joe Rogan, con 16,4 millones de seguidores en su cuenta de suscriptor de YouTube, ha argumentado repetidamente este punto. Además, un destacado teórico de la conspiración y defensor de Nixon, Jim Byron, fue nombrado recientemente por Donald Trump para un alto cargo de asesoramiento en los Archivos Nacionales de Estados Unidos, la entidad que controla y administra los documentos oficiales del Gobierno. Byron tiene un largo historial de defensa agresiva del legado de Nixon y de crítica a quienes revelaron la criminalidad de Watergate en los años setenta. A algunos les preocupa que el nombramiento de Byron suponga un debilitamiento del mandato de los Archivos Nacionales de presentar una historia no partidista de Estados Unidos. De hecho, cada vez más estadounidenses consideran insignificantes los crímenes de Richard Nixon. Mientras tanto, muchos conservadores se han aferrado a su feroz anticomunismo y a su animadversión hacia los liberales.

Donald Trump no sólo recibió consejos de Nixon en la década del ochenta, sino que también se ha rodeado de asesores vinculados a Nixon. El asesor Roger Stone, por ejemplo, tiene un tatuaje de Richard Nixon en la espalda. En 2021, el vicepresidente J.D. Vance lo citó diciendo: “Los profesores universitarios son el enemigo”. La opinión de Nixon parece ahora clarividente para una administración presidencial empeñada en frenar la independencia de las universidades que consideran hostiles a Trump. En 2023, Christopher Rufo, que ha asesorado a Trump sobre la cuestión del racismo en Estados Unidos, dijo a sus 800.000 seguidores en X que Nixon “tiene la clave para entender la actual revolución cultural [izquierdista] estadounidense y cómo derrotarla”. Rufo continuó elogiando el uso que Nixon hizo de las fuerzas del orden para atacar a sus oponentes políticos y luchar contra el progresismo. Rufo es un destacado defensor de la idea de que Nixon fue derribado por una conspiración liberal en el gobierno.
Las tres etapas de Nixon en Argentina
La cobertura mediática de Richard Nixon en Argentina se divide en tres etapas. La última es la menos significativa por volumen de cobertura y por la importancia que le asignaron los medios. Es la cobertura de Watergate y la caída de Nixon. Los principales medios de comunicación de Argentina hicieron poco trabajo de investigación original y los reporteros afincados en Estados Unidos desde hacía tiempo, muchos de los cuales habían escrito en mayor profundidad y de forma más positiva sobre Nixon, presentaron resúmenes aproximados de la delincuencia del por entonces dueño del Salón Oval, pero a menudo en términos menos severos que el Washington Post o el New York Times. En respuesta a la publicación de las grabaciones secretas que Nixon había hecho de sus conversaciones en la Casa Blanca, el 2 de mayo de 1974 el corresponsal de La Nación en Nueva York, Santiago Ferrari, escribió: “Las transcripciones de cintas entregadas por Nixon lo dejan muy mal, y la oposición lo destaca ruidosamente. Sin embargo… es que también parecen confirmar algo que no creían ni los mismos partidarios de Nixon: que él no inició las maniobras de encumbramiento ni las conocía al principio”. Al mes siguiente, Clarín publicó un reportaje de Associated Press sobre Nixon que mencionaba brevemente la investigación del Watergate pero que se centraba sobre todo en la exitosa visita de Nixon en junio de 1974 a El Cairo, Damasco, Riad, Jerusalén y Ammán.
La reticencia de los principales medios de comunicación argentinos a condenar a Nixon hasta su dimisión encaja con una cobertura extremadamente positiva de su etapa como presidente. Clarín y La Nación destacaron sistemáticamente la experiencia de su Gobierno en materia económica y diplomática. Ambos periódicos recurrían habitualmente a periodistas, oficiales militares y líderes políticos estadounidenses para sus artículos de opinión. En febrero de 1969, La Nación reprodujo un artículo del periodista del New York Times Peter Grose sobre la exitosa política exterior de Nixon. El corresponsal de Clarín en Estados Unidos, José María Rivera, escribió un largo artículo en agosto de 1971 argumentando que Nixon había superado a Europa en asuntos diplomáticos y económicos debido a la desunión europea. Un editorial de Clarín de octubre de 1971 celebraba la política internacional. El editor elogiaba la visita que Nixon tenía planeada a China en 1972 y su diplomacia igualmente eficaz hacia la Unión Soviética. Para Clarín, el titular del Ejecutivo estadounidense había acabado casi por sí solo con la Guerra Fría: “La bipolaridad, o sea el equilibrio militar entre las dos superpotencias, caracteriza netamente a nuestra época y es mutuamente disuasivo de la posibilidad de enfrentar otra Guerra. Su consecuencia ha sido la extinción de la Guerra fría y la crisis de los bloques compulsivamente alineados en uno y otro extremo.” Los viajes planeados por Nixon a China y a la Unión Soviética “ha subrayado expresamente que no es su propósito explotar las diferencias que existen entre las dos naciones socialistas.”

La cobertura de José María Rivera de las turbulencias de la política económica bajo Nixon fue brillantemente investigada y expertamente sintetizada para un público de clase media no especializado. Al mismo tiempo, su análisis era conservador y no cuestionaba las decisiones políticas. En septiembre de 1971, después de que Estados Unidos hubiera desvinculado el valor del dólar de las reservas de oro del país y con la consiguiente preocupación por la caída del valor del billete estadounidense en los mercados internacionales, Nixon se enfrentó a una batalla de poder en su gabinete entre el Consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger y el Secretario del Tesoro John Connally. Para estabilizar el dólar, Connally era partidario de un nuevo sistema de aranceles sobre los bienes importados, mientras que Kissinger se oponía por considerarlos potencialmente perjudiciales para las relaciones de EE.UU. con sus aliados en Europa y América Latina. Rivera creyó correctamente que la posición de Kissinger, respaldada por el Secretario de Estado William Rogers, influiría en Nixon, lo que finalmente ocurrió, y escribió: “Todo hace pensar, pues, que el Secretario de Estado, Rogers, y el asesor presidencial, Kissinger, han recuperado autoridad en el manejo de la política exterior norteamericana.”
La primera etapa de la cobertura de Nixon en Argentina se produjo en la década del cincuenta, cuando era vicepresidente. Múltiples reportajes aparecieron en la edición española de la revista Life y llegaron a los hogares de miles de argentinos de clase media. Aunque Nixon era conocido en Estados Unidos como un feroz anticomunista, Life lo presentaba como un afable padre de familia y distinguido defensor de la democracia occidental. Un artículo de noviembre de 1958, “La familia Nixon en el Hogar”, describía la reciente visita del republicano a Latinoamérica como “memorable”, pero ignoraba las violentas protestas que engendró en Caracas. En las fotos y en el texto, el artículo se centraba en cambio en una imagen de felicidad familiar en la casa de los Nixon. “Quiero que mis hijas hagan una vida normal, dice Nixon, y que tengan gratos recuerdos de su niñez”. En septiembre de 1959, apareció uno de los varios artículos que lo representaban como un brillante diplomático y contrapuesto al poder soviético. Una fotografía mostraba a Nixon con la mano sobre el hombro de un visitante de la Exposición Norteamericana en Moscú. El pie de imagen decía: “Pacientemente, como en toda su gira, Nixon explica la posición de EE.UU. a un visitante de la exposición.”

Cuando Nixon le dijo “¡no!” a Lanusse
En 1970, en virtud de la Enmienda Conte-Long a la Ley de Ayuda Exterior de 1968, Estados Unidos puso fin a los programas de ayuda financiera a Argentina que se habían puesto en marcha en la década del sesenta como parte de un esfuerzo para detener la expansión del comunismo en el hemisferio. Los funcionarios estadounidenses consideraron la decisión como un reflejo del éxito de Argentina a la hora de acabar con la perspectiva de una toma del poder por parte de los comunistas, y de que Argentina había gastado una cantidad equivalente a la ayuda estadounidense en sofisticados sistemas de armamento norteamericanos. Washington anunció lo que esperaba que fuera una nueva asociación con Argentina en las Américas, en la que Argentina se convertiría en donante en lugar de receptor de ayuda financiera.
A principios de 1971, los planes estadounidenses estaban en ruinas. El estancamiento económico de Argentina llevó al presidente de facto Alejandro Lanusse a pedir en secreto directamente a Richard Nixon un rescate financiero masivo. En junio, Lanusse se puso en contacto con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Buenos Aires con un mensaje para Nixon. Utilizando como intermediario al general Rafael Pannullo, secretario general de la Presidencia, y temeroso de desencadenar una crisis económica aún más grave, Lanusse esperaba evitar discutir la situación con el presidente del Banco Central argentino o con diplomáticos estadounidenses. La situación, escribió a Nixon en una carta secreta, era desesperada y mucho peor de lo que la opinión pública argentina creía. El 23 de junio, un día antes de que Lanusse escribiera a Nixon, el peso cayó un 20% frente al dólar. Lanusse dijo a Nixon que necesitaba entre 500 y 1.000 millones de dólares para detener la caída, pero que no podía conseguir dinero en los mercados internacionales, salvo a interés exorbitantes.
El Secretario de Estado William Rogers recomendó a su Presidente que enviara 1.300 millones de dólares en inversiones estadounidenses. Pero Nixon se limitó a decirle a Lanusse que «¡no!». En los meses siguientes, Nixon llegó a considerar a Lanusse tan ineficaz como muchos en las Fuerzas Armadas argentinas y en la sociedad civil. Exactamente un año después, los militares llevaron a cabo la Masacre de Trelew, encaminando la presidencia de Lanusse hacia su inevitable final.
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