lunes, junio 17, 2024
CulturaPor el mundo

Los trazos del trauma social y transgeneracional: El mapa de lo inenarrable

El 7 de octubre del 2023 marca un antes y un después en la historia del pueblo judío. Después del holocausto es la mayor masacre y genocidio padecido por los ataques terroristas de Hamas. En un día festivo como “Simjat Tora”(la fiesta que conmemora el día más alegre del año en la comunidad judía), entraron en forma sincronizada y planificada a  asesinar a todo cuerpo que veían y podían y llevarse rehenes (bebes, niños, jóvenes, adultos/as mayores, familias enteras).

Frente a esta ferocidad y salvajismo de crueldad, hay un colapso inevitable de la psiquis, desde lo individual y también desde lo social.

Lo inesperado, lo brusco, lo imprevisible marca la presencia de un desgarro, de algo que arrasa y desbasta, las subjetividades están en jaque.

La no palabra, lo que queda por fuera del lenguaje, lo no tramitable, lo improcesable queda arraigado al horror, el terror que se vive destrona al miedo.

Lo incesante de la guerra, lo incierto del día a día, la pérdida masiva, los duelos sin proceso, cantidad de niños y niñas que quedaron en situación de orfandad, personas desaparecidas, las familias de rehenes esperando el milagro, una respuesta, una reacción, en estado de alerta permanente. El sistema de salud en emergencia, un país en hipervigilancia, atento al sonido de la sirena que da aviso de refugiarse ante el riesgo y peligro inminente, soldados veinteañeros que se van y no saben si vuelven. Familias partidas, quebradas, rotas, muchas en el sur, sin nada, sin casas. Centro de refugiados que se abren con velocidad para albergar y contener lo inabordable, el horror en primera persona.

El trauma social es una marca indeleble, deja huella, se inscribe en la sociedad como aquello que la barrera protectora o “vesícula viva” freudiana no puede albergar. Es tal la intensidad, un choque violento, un torrente sin fin, un aluvión que presenta un quantum económico de energía psíquica que esa capa protectora, se agujerea, queda invadida y arrasada. La cantidad de excitación externa que inunda y ahoga el aparato psíquico es intolerable, rebalsa, es así que lo que adviene es el caos, la desorganización psíquica, la confusión, el estado de shock, la parálisis, “el estar o sentirse alienado”, “sensación de desamparo y de indefensión” “bloqueo emocional” “el estar anestesiado afectivamente” “la suspensión de pensamientos” o por el contrario “la rumiación constante de pensamientos’, “hay una desvitalización emocional y psíquica” esperable. También algo que solemos ver es la falta o ausencia de síntomas, que a modo defensivo y de resguardo son muchas veces las situaciones que más alertan y preocupan. Hay una disfuncionalidad del aparato psíquico que hace que la experiencia traumática no se pueda integrar y queda desarticulada.

No hay una forma única de atravesar lo traumático, va a depender de varios factores que interactúan entre sí. Lo individual, la historia y prehistoria de cada persona en su singularidad, el impacto que le cause, el grado de riesgo a que está expuesto, sus recursos y herramientas, su red de contención, si la hay, y el soporte profesional en tiempos de crisis y urgencia.

Lo que se espera del aparato psíquico es la posibilidad de tramitar y procesar por las vías habituales de elaboración, de abrochar lo innombrable a un significante, de reconstruir lo padecido, un relato o, mejor dicho, los relatos, muchos anémicos, vacíos de palabras, en carne viva, obturados y desmantelados, desorganizados, catárticos, el ruido del silencio del relato, lo que avasalla, se expulsa, muchas veces. Lo que no pudo ser ligado y tramitado no tiene representación alguna, no se recuerda, se vuelve a vivir lo mismo.

Lo que no se puede procesar, nombrar, hilvanar, se lo descarta, desecha, enquista. No se va, queda coagulado, hay una fijación del trauma, en donde queda hospedado y atorado en el aparato psíquico,

Hay un fracaso de la tramitación psíquica y las defensas se activan, intentando hacer la parte que les toca, las mismas fracasan.

En mi recorrido clínico y pericial en relación al trauma específicamente he presenciado, muchas veces como esa capsula de lo vivido, queda estacionado, varado, en pausa.

El relato con frecuencia es en tercera persona, no hay una apropiación del relato, hay una disociación, el yo no está integrado. Reconstruir, procesar, elaborar, reelaborar y resignificar de acuerdo a los tiempos internos, condiciones actuales, situacionales y susceptibilidad de cada persona con ayuda profesional y comunitaria como otro recurso por fuera, respetando los tiempos y los procesos graduales, con una escucha activa y cuidada son posibles formas de acercarse a un posible relato articulado e integrado.

Freud en “Más allá del principio del placer” lo trae como lo que deviene, “la compulsión a la repetición” esa reaparición permanente de lo traumático es lo que en un segundo tiempo freudiano deviene cuando un hecho que la realidad dispara y reactiva algo del pasado, algo incluso muchas veces, que parece ínfimo, desprende una oleada de síntomas. El presente es pasado. Se vive o sobrevive al presente estando estancado en el pasado. Este segundo tiempo es el devenir traumático. En tiempos de guerra se sobrevive.

Uno de los síntomas o indicadores es la reexperimentación de las escenas, imágenes intrusivas en forma de flashback (imágenes partidas) y una memoria traumática, fracturada, fragmentada.

Me gustaría sumar a este concepto y encimarlo al trauma trasngeneracional que se transfiere en forma inconsciente de generación a generación, teniendo como historia previa el Holocausto (1941/42) en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de los 6 días (1967), la Guerra de Yom Kipur (1973) y la guerra del Líbano (1982/83).

Lo transgeneracional es una herencia inconsciente, transmite lo no atravesado (en forma inconsciente), lo improcesable y no elaborado, sea desde lo emocional, físico, psicológico y social de generación tras generación.

Por último, no puedo dejar de pensar y escribir sobre el trauma infantil. En tiempos de infancia el aparato psíquico está en construcción, se está configurando y en proceso, mientras tanto aparecen preguntas como ¿hay buenos y malos? ¿Por qué nos quieren matar? ¿Por qué la guerra? ¿Por qué mataron a mi familia? ¿A dónde nos llevan?  La desubjetivacion que genera e impacta sobre un niño o niña es arrasador, es desgarrador, es una explosión interna, un volcán en erupción del aparato psíquico en constitución, es fundacional.

Los traumas en tiempos de guerra adquieren un estatuto y configuración aparte. Lo frágil, endeble y vulnerable del aparato psíquico frente al horror y la crueldad, ante el desamparo mismo incluso de la propia palabra hacen estragos.

Como profesionales de la salud mental, en tiempos críticos y complejos, donde impera el odio y lo perverso, es nuestra responsabilidad bregar por los derechos humanos, por la salud mental, por un posicionamiento ético e ideológico contra lo que genera el terrorismo en las subjetividades, sus efectos y sus implicancias.

Bibliografía

Silvia Bleichmar. “Psicoanálisis extramuros”. Editorial Entreidau, 2010. Argentina

Susana Toporosi y Adriana Franco (compiladoras). “La crueldad y el horror”. Editorial Topía, 2023, Buenos Aires.

Agota Kristof. “La analfabeta”. Editorial Alpha Decay, 2004. Barcelona.

Laplanche y Pontalis. Diccionario de Psicoanálisis. Editorial Paidós 1967, París.

Donald Winnicott. Obras completas. “Los niños en guerra”. 1940.

Ilustraciones de portada e interior: Serie “Los desastres de la guerra”, Francisco de Goya.