• 7 diciembre, 2022

Alojar el error y repensar la mentira, una deconstrucción necesaria

La educación tradicional enseña a partir de ejemplos, utiliza al error como variable para medir conocimientos y aprendizajes. En este tipo de educación, el error se intenta eliminar, sancionando de alguna forma a aquel que incurre en él.

Se trata, por un lado, de minimizar al máximo la idea de que el error es algo positivo, aunque por otro lado se alimenta de la dialéctica de prueba y error para constituir la matriz de la enseñanza.

Cuando un niño o una niña en la escuela se equivoca es (dependiendo de quién tenga a su lado como guía) alentado, sancionado, excluido o criticado. En esta sociedad y esta educación, el error generalmente condena.

Pero vale aclarar, mencionar y rescatar que la experiencia del error es una práctica de conocimiento, pues él mismo se adquiere, se vive y se transmite a partir de transitar el error y hacer con él.

La Mentira – Dani Martin

En esta sociedad donde “el errar” esta criminalizado, se pretende estructurar la vida bajo la ley del mercado y la concentración de consumo, en esta misma sociedad que se hunde buscando la aplicación permanente de “eficacia” en todas las relaciones la presencia y permanencia del error es inminente.

El error es una acción que nos acompañará a lo largo de nuestros estares, ya que permanentemente incurrimos en él, por eso es que amerita pensar que una opción posible es alojarlo, cobijarlo y de esta manera aprender con y de él. Si sancionamos de manera punitiva al error construiremos sujetos obturados y, en ese caso, el error pasará a ser determinante y constitutivo para el ser. Me refiero a concluyente (tal vez) como accionar ante el equívoco.

Otro punto importante es comprender que al cometer errores podemos adquirir herramientas útiles para los próximos que vengan porque es imposible pensar que será uno solo y no se repetirá o aparecerán nuevos. Podríamos pensarlos como nuevos desafíos y, por ende, aprendizajes.

El error educa, pero a través de un proceso de des-educación. Aceptar la presencia permanente del error en la realidad, libera y conduce a una visión y una participación nueva en relación a nuestras vidas.

Apuesto por pensar en la mentira como un acto de suprema imaginación, como una herramienta a utilizar como mecanismo de preservación, de defensa y de protección y antes de sancionarla propongo abrigarla, cobijarla e interpelarla con suma ternura. Una ternura que habilite y que suministre una posibilidad de generar estrategias y nuevos caminos.

La pérdida del temor a equivocarse, promueve una potencia creadora que se encontraba latente o inhibida por las estructuras que determinan moralmente los valores y comportamientos sociales bajo la educación del premio y castigo.

“Los erroristas afirmamos la urgente necesidad de una des-educación general. Una suma de proyectos colectivos, en experiencias de transmisión e intercambio de conocimientos y prácticas, una autoformación de individuos y sujetos colectivos que ponen su objeto de estudio en la vida misma. Que asumen un rol activo, empírico y participativo en la sociedad, para la conformación de espacios de lucha y resistencia por la des-educación y la liberación del error”,  menciona el manifiesto “Apuntes sobre des-educación y el errorismo”.

Repensar la mentira

Creo es fundamental abrir a la reflexión “la mentira”, su efecto y su por qué. Qué ocurre con ella en los niños/as, cuál es el fin de la mentira y qué función cumple cuando los infantes la utilizan.

Me parece atinado comprender que si en un intento de educar moralizador sancionamos la mentira estaremos incurriendo en un grave error, ya que la misma está siendo motor de un mensaje que el pequeño/a quiere transmitir. Está al servicio de “un algo” que ahí está sucediendo. Está permitiendo transitar una determinada situación.

Debemos repensar a la mentira y no ofrecer a cambio de ella una sanción punitiva o disciplinaria sino interpelarla, preguntarnos qué sucede y por qué ese ser está tomando esta herramienta para actuar. Tal vez lo está protegiendo o preservando. También podríamos dejar que esa mentira nos interpele a nosotros como adultos.

Entiendo que cuando un niño o niña utiliza a la mentira para transitar una escena o momento es preciso, como responsables, anidarla, alojara y pensar cuál es el fin de la misma. En palabras de Pichón Riviere podríamos pensar que es una adaptación activa a la realidad de un sujeto que está padeciendo o incómodo por lo cual la mentira es un instrumento sumamente valiosa y eficaz.

Mentira – Manu Chao

Entonces, dejemos de observar al ser como “un mentiroso”, sino como un sujeto que necesita de la mentira para resguardarse de una situación que lo podría hacer sentir mal. Por qué no amorosa y tiernamente entablar con el infante un diálogo que habilite un relato en confianza sobre lo que está transitando y le está sucediendo.

Si así lo hiciéramos en lugar de condenar la mentira como un acto moralmente incorrecto podríamos habilitar al ser a compartir experiencias, relatos y conversares que ayudarían a entender el por qué de la mentira y seguramente el niño/a se sentiría sostenido por ese adulto confiable y tal vez pueda no solo expresar su sentir, sino que también ser ayudado a transitarlo.

Apuesto por pensar en la mentira como un acto de suprema imaginación, como una herramienta a utilizar como mecanismo de preservación, de defensa y de protección y antes de sancionarla propongo abrigarla, cobijarla e interpelarla con suma ternura. Una ternura que habilite y que suministre una posibilidad de generar estrategias y nuevos caminos.

Me gustaría concluir estas líneas con una reflexión de Carlos Skliar sobre la verdad: “Cuando somos niños dibujamos la soledad del sol y de las flores, de las casas y de las nubes. Y es cierto: la distancia con el mundo crea la sensación que algo podría existir para siempre. Pero con el paso de los años ocurre con las formas lo mismo que con los sonidos: se los esquiva, se rehúye de la similitud, se diseñan monstruos porque es en ellos en lo que nos transformamos. Obedecemos a la realidad servilmente y cuanto más nuestras percepciones se hacen difusas menos somos capaces de mostrar la desavenencia entre lo que nos pasa y su posible relato. Como si comenzáramos la vida en igualdad de condiciones y luego, cuando la espalda ya pesa, cuando los ojos se cansan, el poco tiempo nos hace dibujar sin gracia. Cuando somos niños nos obligan a dibujar la soledad y a explicarla, nos fuerzan una respuesta verdadera. Pero ¿cuál era, cuál es, cuál será esa verdad? Que si de verdad alguien exige la verdad no es nuestra culpa que no la comprenda.

Carla Elena. Autora de “Esi, haciendo camino al andar” y co escritora de otros capítulos en diferentes libros sobre Bullying, violencia de género, derecho de las infancias, etc. Es Psicóloga Social. Diplomada en “Violencia Familiar y Género”. “Derecho de Niñez y Adolescencia”. “Discapacidad”. “Educación en Contextos de Encierro” y “ESI en territorio”. Posgraduada en “Educación Sexual Integral: Desafíos de la implementación en el ámbito educativo y comunitario”. “Despatologización de las Diferencias”. Miembro de Forum Infancias. Docente. Columnista de Sudestada, El Furgón y Revista Movimiento. Participa en Radio Tinkunaco en temas sociales y Radio Gráfica. Tw: @Carla_Elena5. Instagram: @carlaelena5, Mail carlaelena74@hotmail.com

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