• 7 diciembre, 2022

Cuando Mirtha Legrand casi cae presa

Con la caída del último gobierno militar, la censura oficial no desapareció de un día a otro. A principios de 1980, los líderes del gobierno militar empezaron a planificar para la vuelta de la democracia. Buscaron un sistema electoral controlado y delimitado por los militares, sin una izquierda política y sin lo que vendría —el procesamiento de los miembros de la Junta. Calcularon que una disminución en los límites sobre la libre expresion —sin eliminarlos completamente— facilitaría la transición a su democracia imaginada, libre del marxismo y con las Fuerzas Armadas intactas. Así empezó un cambio escalonado en la censura oficial, y la llegada de un periodo de lucha cultural por una nueva Argentina.

Una de las protagonistas de la polémica apertura cultural fue Mirtha Legrand, acusada por un juez federal por haber aprobado un acto delictivo. En su rechazo de la acusación y en el apoyo de su público, el gobierno militar perdió algo de su autoridad y la censura sufrió un oprobio público inesperado.

Se viene Viola

El primer paso para el gobierno militar hacía su democracia inventada fue el nombramiento en octubre de 1980 del general Roberto Viola como presidente el 29 de marzo de 1981. Hasta 1980, muchos oficiales caracterizaron a Viola como demasiado burocrático y sin los requisitos de un soldado suficientemente dedicado a los objetivos del Proceso. Un autopromotor en Buenos Aires y Washington como el hombre indicado para restaurar la democracia, la apariencia de Viola como candidato presidencial marcó un nuevo cálculo de la dictadura: Sería mejor anticipar su propio final e intentar controlar la transición hacía la democracia, que dejar todo en el aire hasta la vuelta de elecciones. El hecho de que Viola duró solamente ocho meses en la presidencia reflejó el fracaso del plan de la vuelta controlada.

El gobierno militar entendió la mala fama que tenía la censura, incluso entre sus partidarios. Eliminarla le pareció a Viola y a otros una táctica fuerte para generar un apoyo público.

Roberto Viola

La censura oficial fue un sistema desordenado y hasta caótico. Hubo cientos de censores en distintos departamentos del estado nacional, provincial y municipal. Además, el gobierno nacional nombró un censor para cada programa de televisión, cada obra de teatro, y cada programa de radio. Para colmo, cada juez pudo ejercer de censor en cualquier momento. En algunos casos, la censura fue severa y hasta violenta. Pero en otros, se podía negociar. En noviembre de 1980, por ejemplo, un periodista le preguntó a Tato Bores si en algún momento el gobierno lo había censurado. Bores respondió que en su programa de televisión, hubo un juego implícito de censura sin precisar ninguna conversación explícita. “Yo puedo llegar hasta aquí”, indicó con sus manos, “pero no hasta allá. Todo muy claro, nada por escrito”. Después, sonriendo, notó que hace poco el almirante Armando Lambruschini le había comentado que, fisicamente, Bores parecía mucho a Roberto Viola.

El caso Mirtha

También en noviembre de 1980, en un caso sin la picardía de Bores, el juez Luis Méndez Villafañe incautó video del programa de televisión, Almorzando con Mirtha Legrand. Legrand quedó acusada de haber aprobado un acto delictivo. La actriz había invitado el humorista Alberto Locati poco después de que había sido condenado a dos años de encarcelamiento por haber arrojado a la vedette Eva O’Neill (también conocido como Eva Olguín y Cielito O’Neill) de un balcón del Hotel Odeón, en Mar del Plata. Legrand fue acusada porque, durante el programa, leyó una carta de un espectador felicitando a Locati y comentando que tarde o temprano, todo hombre quiere tirar su mujer por la ventana.

A. Locati y Eva O’Neill.

En la reacción del público al caso fracasó instantáneamente la política de apertura cultural del gobierno militar. La gente de Roberto Viola quería distanciarse del caos odiado de la censura y, más específicamente, de lo que algunos militares vieron como posiciones demasiadas moralistas y pretenciosas. En este caso (y en otros), manteniendo el silencio, el Proceso esperaba que el público asocie la posición de Méndez Villafañe no con ellos sino con un moralismo extremo del magistrado. Así que Viola y otros querían preparar un camino hacía la democracia con la imagen de las Fuerzas Armadas como un poder moderador en la sociedad, en contra de los extremos políticos —de izquierda y de derecha.

Cortina musical de “Almorzando con Mirtha Legrand”

No funcionó. Para la gran mayoría de su público, fue obvio —instantáneamente— que Legrand no estaba defendiendo la violencia doméstica. Y la gente asoció lo ridículo del caso con una larga serie de fracasos del gobierno militar. Dos de los acusadores de Legrand —los abogados Jaime Arditi y Elías Ricardo Arditi— aparecieron en los medios como ejemplos de lo peor del ámbito moralista. Los Arditi parecían fanáticos, pidiendo una sentencia de tres a seis años para Legrand. Almorzando se mostró en un medio estatal (Canal 13). Los Arditis criticaron la falta de seriedad del censor presente durante el programa. “Esta es un señal de alarma de lo que sale en la televisión día y noche”, contó Elías Arditi a los medios. Otro abogado que criticó a Legrand, Aldo Darío Herchhoren insistió que lo de Locati, O’Neill, y Legrand fue un ejemplo de intereses económicos poderosos en los medios permitiendo relaciones ilícitas románticas y sexuales. Furiosos con lo que vieron como un libertinaje social permitido por las autoridades, Herchhoren, los Arditis, y el juez Méndez Villafañe parecían dementes a la mayoría de la gente.

Los medios se llenaron de comentarios a favor de Legrand, que no terminó procesada. Alberto Ibáñez, un comerciante de la calle Corrientes contó al periódico Clarín que Legrand fue una actriz excelente, con el derecho de entretenerse y su público con el comentario de las mujeres tiradas por la ventana. Según la panadera Ana María de Varela, la productora de Almorzando habría invitado a Locati para mejorar el rating. Así que Legrand no tuvo la culpa por lo que sucedió. Antonio Pacini, el dueño de un kiosco, preguntó, “¿Legrand culpable? ¿De que? ¿De ser muy linda? ¡Por favor! Esos abogados deben ser amargados”. A la florista Asunción Aguilar de Viña el episodio le pareció absurdo. “Mi hija de cinco años entendió el comentario de Mirtha como una broma”.

Portada de “Gente”.

Se abren las compuertas

El caso Mirtha envalentonó a la gente. La censura quedó cada vez más risible según los medios principales que, pocos meses atrás, habían apoyado al gobierno cien por ciento. Con cautela, empezaron a aparecer notas publicadas por parientes de desaparecidos. El 18 de diciembre de 1980 Delia García Rueda de Hidalgo Solá publicó una nota en La Nación buscando información sobre la desaparición de su marido, el diplomático Héctor de Hidalgo Solá. El anunció defendió el gobierno: “No creemos que el gobierno militar fue responsable”. Pero desde allí, se abrieron las compuertas.

En Julio de 1981, el escritor Alberto Migré comentó en Así es Crónica que la censura lo dejó sin trabajo en la televisión y el cine. Nada de los juegos de Tato Bores. En octubre de 1981, días despues de que el gobierno informó al público que no hubo más censura en la radio o la televisión, un censor cortó una escena de la acrtiz Moria Casán en un programa de televisión. En el Diario Popular, Casán se quejó detenidamente. Mientras que el censor había prohibido el movimiento provocador de su cadera, otros actores en el programa dijeron cualquiera grosera y la actriz Luisa Albinoni desempeñó de concubina.

Páginas interiores de “Gente”.

No es poca cosa que de todos los que participaron en la destrucción de la censura oficial entre 1980 y 1983, las dos protagonistas que sobrevivieron como figuras públicas, definiendo las formas de libre expresión durante cuatro décadas, fueron Mirtha Legrand y Moria Casán. En su mismo programa, Almorzando con Mirtha Legrand, “La Chiqui” invitó a cientos de figuras públicas para conversar abiertamente de sus vidas privadas y públicas. Mientras tanto, Moria Casán sigue rompiendo barreras en su atención en la esfera pública a tabúes sexuales, violencia doméstica, el derecho de las mujeres y mucho más.

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David M. K. Sheinin

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