• 2 febrero, 2023

Ecos de un joven llamado Piglia

El escritor, allá por los sesenta, irrumpió la escena literaria argentina con un cuento titulado “Las dos muertes”. La editorial de Jorge Alvarez lo publica en una antología, presentando el relato, a modo de informal introducción Julia Constela. A los ojos de hoy estas líneas resultarían lejanas, sino vibraran en ellas, la reconocible lucidez del bonaerense en la exquisita pluma de la periodista.

Durante el año 1965 sale al mercado editorial Crónicas de la violencia, un compilado de cuentos impresos por el sello de Jorge Alvarez -aquel que luego sería manager del dúo Sui Generis-, donde revisten narraciones breves de Juan Bosch, Gabriel García Márquez, Abelardo Castillo, Francisco Urondo, Fernando Quiñones, Noé Jitrik, Lisandro Otero y un jovencísimo, de no más de veinticinco años llamado Ricardo Piglia.

El tema que comprendió a los cuentos resulta obvio, pero no tanto quien se llevó las palmas en el compilado. Y fue nuestro párvulo escritor, sin dudas. El grado de esta escritura, un año después, le grajeó dirigir la “Serie Negra”, famosa colección de policiales que difundió a Dashiell Hammett, Raymond Chandler, David Goodis y Horace Mc Coy, en el país y toda Latinoamérica.

Borges, por Ricardo Piglia

Bajo el nombre de “Las dos muertes”, Piglia conjetura el testimonio del asesino de Justo José de Urquiza frente a un tribunal. La verosimilitud del relato es notable, consumada por una gran transposición de la oralidad rural del siglo XIX. Al relato se le suma el texto formulado como presentación de Julia Constela. En él, la factótum del denominado Nuevo Periodismo, repasa de manera sutil e incisiva los testimonios del veinteañero, avizorando un futuro cierto:

Dice: “Ricardo Piglia nació en Adrogué el 24 de noviembre de 1940. Está enterado de que su signo es Sagitario, pero sin darle importancia al asunto, casi como una concesión a convencionalismos un poco absurdos que no justifican que uno se incomode en ser anticonvencional. Esa misma impresión de respeto fortuito a normas urbanas que no le interesan ni siquiera como molinos de viento, la dan sus trajes correctos, su pelo corto y crespo, sus cuidadas camisas, los gestos mesurados”.

“A Piglia no parecen incomodarlo las ‘normas de urbana convivencia’, como si ése no fuera el problema; como si allí no estuviera la quebradura; como si no admitiera definirse con tanta frivolidad, por el pelo, o los puños raídos, o los olores, o las meras, tramposas apariencias. Un muchachito de aspecto muy pulcro, de gestos muy concentrados, con un asombro que se repite: ‘No entiendo a los que descubren el peronismo a los cuarenta años. Eso me obliga a forzar la perspectiva para comprender veinte años de literatura argentina”’. Habla inclinado sobre la mesa, con los hombros hacia adelante, con una voz bien timbrada, baja, clara, precisa. Casi de mando. Da la impresión de ser un tipo con metas muy claras, tan claras como su lenguaje. Las metas y el lenguaje no son siempre lineales. Entre literatos al menos”.

“El incidente más notable en su vida se produjo en 1955, cuando se le vino abajo el mundo. ‘Dejé de ser el hijo único. Un buen golpe para un tipo de quince años. Y además cayó Perón. No podía entender, porqué se tiraban contra él. Ahora en cambio sé perfectamente quiénes son los enemigos”.

“Piglia estudia Historia en la Universidad de La Plata, se mantiene con una ayudantía de cátedra. Es de origen italiano, su abuelo fue inmigrante ferroviario, su padre dejó los talleres para instalarse con un corralón y ahora tiene bastante dinero”.

“Al vástago lo absorbe la carrera, los amigos (‘no es fácil tener amigos; para mí son como los mojones, sé dónde estaba con solo pensar a quienes veía’) y fundamentalmente la revista Literatura y Sociedad, que dirigía con Camarda. Un lugar donde enarbolar palabras, precisar conceptos, afinar ideas. ¿Y nada más?”.

Podríamos responderle a Constela su pregunta final… Claro que sí, que hubo algo más, y vaya si tuvo carrera el muchacho. Pero también, el breve perfil nos hace pensar en un irrefutable axioma de hoy, al menos en la actividad periodística, de que todo tiempo pasado fue mejor. Máxime si a ese tiempo todavía lo vivían Ricardo Piglia y la misma Julia.

Portada: Imagen extraída de Flicr

+ posts

Flavio Zalazar

Read Previous

Teléfono para el Papa Francisco: Los archivos secretos de Camps anidan en el Vaticano

Read Next

A siete años de la muerte del narrador latinoamericano: Eduardo Galeano, el periodista

Facebook
Facebook