• 7 diciembre, 2022

Las grabaciones secretas de Domingo Cavallo: El delirio de una Nueva Argentina

Una década antes de la crisis de diciembre del 2001 y antes de su primera gestión como Ministro de Economía, Domingo Cavallo era Ministro de Relaciones Exteriores. Asumió el cargo de Canciller el 8 de julio de 1989, cuando asumió Carlos Menem la presidencia de la República. Cavallo dejó la jefatura del Palacio San Martín el 31 de enero de 1991 para ir al Ministerio de Economía. A pesar de su posición en la Cancillería, durante los últimos meses de 1989 y los primeros de 1990, Cavallo había empezado a funcionar como Ministro de Economía de facto, organizando la revolución que vendría: la privatización de la economía nacional.

Portada del diario Clarín

En los primeros días de abril de 1990, Cavallo viajó a París para reunirse con los representantes diplomáticos argentinos acreditados en Europa. Vino a familiarizarse con los problemas políticos y económicos europeos; a explicar a los embajadores el golpe económico que vendría y a establecer una estrategia común para explicar -de forma entusiasta y consistente a los medios europeos- la nueva política económica de Carlos Menem.

A fines de 1989, mientras Cavallo planificaba su golpe económico, el gobierno tomó unos pasos preliminares. En diciembre de 1989, Menem anunció las ventas del sistema telefónico, de los ferrocarriles y de las empresas eléctricas estatales. A su vez, el menemismo no encontró la forma de frenar la crisis económica que heredó del gobierno de Raúl Alfonsín. La cotización del dólar siguió aumentando de forma exponencial; entre febrero de 1989 y febrero de 1990, el valor del Austral cayó 50por ciento. En febrero de 1990, volvieron los saqueos en los supermercados de Rosario. Crecieron el número de huelgas (Aerolíneas Argentinas, en enero de 1990, y el sector telefónico, en abril). Y en enero de 1990, el costo de vida subió un 79,2 por ciento.

El menemismo cierra ramales ferroviarios en huelga

En el contexto de la crisis económica, el gobierno avanzaba cuidadosamente con la privatización de la economía. Todavía, no había avisado al público del choque económico que vendría. Por tal motivo, la reunión en París del 6-7 de abril entre Cavallo y los diplomáticos argentinos se hizo en secreto. Unos de los diplomáticos presentes se preocupó por la posibilidad de una filtración de la reunión a los medios. No ocurrió. Pero un desconocido presente grabó 15 cassettes de audio con la reunión entera.

Los claves del encuentro 

Cavallo habló sin filtro de los cambios que vendrían a principios de 1991, demostrando lo que muchos ya sabían. El entonces ministro de Economía, Antonio Erman González -un riojano, íntimo amigo de Carlos Menem- se encontraba al margen de la toma de decisiones. Todo lo manejaba Cavallo, quien intentó presentar la nueva ola económica como plenamente coherente con el peronismo. “No habrá zigzagueo”, insistió. Menem quería cambiar el perfil del país del “garito” de siempre hacía una Argentina estable y productiva. Cavallo iba a eliminar los déficits presupuestarios y los subsidios al sector privado (una posición adelantada sin ironía a pesar de que, en 1982, como presidente del Banco Central, había autorizado la transferencia de 17 mil millones de dólares en deudas de empresas privadas al Estado). Cavallo informó a los embajadores argentinos que el objetivo “no es reducir gradualmente el déficit fiscal. El objetivo es eliminarlo de manera completa…. Estamos hablando de no solo eliminar el déficit, sino de crear un superávit operativo. Algo que es inédito en nuestro país”. Argentina dejaría de obtener préstamos internacionales, según el delirio del Canciller.

Nadie presente le puso en cuestión los cambios. De todos modos, Cavallo notó que había gente que iba a preguntarse “pero qué raro que el peronismo, al que se asocia con la idea de grandes déficits fiscales… es ahora el partido que desde el gobierno impulsa una reducción del déficit fiscal.” Para él “la historia de la indisciplina fiscal argentina no es una historia de un solo partido.”

En Europa, el titular de Relaciones Exterior buscaba mejores relaciones con los países del Viejo Continente con capitales importantes para invertir en la nueva Argentina. Durante gran parte de la reunión, y a pesar del tema de la revolución económica que vendría, los embajadores hablaron filosóficamente y a lo largo de los cambios en la ex Unión Soviética. El filósofo Víctor Massuh, ex director de UNESCO y en aquel momento embajador en Bélgica, calificó a los cambios en Europa del Este como “absolutamente revolucionarios”. “Muchos hemos padecido las experiencias frustradas de esta propuesta del hombre nuevo”, dijo Massuh y agregó: “En juventudes que estuvieron largo tiempo comprometidas con el ejercicio de la violencia y el resultado de este hombre nuevo, de esta experiencia protagonizada por los países del Este resulta que se convierte en un hombre carenciado, en un hombre que no conoce la experiencia de la libertad”. Pero ahora, Massuh se preocupó por la idea de la libertad en esa región post-soviética, ligada únicamente a un consumismo extremo en países sin recursos. El escritor Jorge Asís, designado por Menem como embajador en la UNESCO, pronosticó una explosión de nacionalismos reaccionarios y “casi represivos en medio de los adelantos tecnológicos más sofisticados. De pronto hay una especie de visión del futuro también en cierto modo como regreso”.

Víctor Massuh (Foto: Fundación Konek)

Mientras que Massuh y Asís se inquietaron por un futuro sombrío en los ex países socialistas, ligado al consumismo, la pobreza y un avance autoritario, Cavallo lo interpretó de otra forma: “La gente dice ‘bueno, en Argentina yo apoyo la idea de la privatización porque creo que me va a permitir vivir mejor’… Supongamos que ese mismo razonamiento hace la gente en Europa Oriental, busca poder elegir entre una gama más variada de bienes a los que hasta ahora no había accedido por el sistema político”. Las preocupaciones de los diplomáticos le pasaron por encima de su cabeza.

En términos prácticos y puntuales, la tarea mayor de Cavallo y de los embajadores se enfocó en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT). En 1988, el diplomático Leopoldo Tettamanti había logrado una victoria notable para la Argentina cuando amenazó frenar las negociaciones GATT (con el apoyo del Grupo Cairns, países productores agrícolas) si el acuerdo no incluía una bajada en las tarifas sobre la carne y los granos. En la reunión secreta de abril de 1990, Tettamanti acompañó a Cavallo para promover el fin de subsidios agrícolas en Europa y el movimiento comercial libre de productos agrícolas argentinos. El futuro del sistema global, según Tettamanti, se definiría en una nueva ronda de negociaciones GATT en julio de 1990, cuando “los países desarrollados tendrán que admitir que tienen que limpiar el pasado”, eliminando tarifas comerciales, toda forma de proteccionismo comercial, y otras distorsiones del comercio internacional, más que nada en agricultura. Para Tettamanti, “el gran tema fundamental nuestro es obviamente la agricultura. El gran tema de la rueda Uruguay es la agricultura…. Nosotros pensamos que de aquí a julio todos, inclusive la comunidad europea, deberán flexibilizar sus posiciones hacía la búsqueda de un compromiso. Los europeos y los EE.UU. son duros”. La misión principal de los embajadores quedó clara: Buscar capitales europeos para invertir en la Argentina y vender carne y granos argentinos en Europa.

Jorge Asís cerró la reunión con unos comentarios pro-Cavallo: “Hasta hace dos meses casi teníamos nosotros una visión de apocalipsis medio inevitable… como una especie de épica del fracaso”. “Pero -agregó- creo que no vamos a fracasar y que el Presidente está pasando por su mayor momento y que estamos en condiciones de pasar a una ofensiva política”.

Jorge Asis (Foto: Wikipedia)

Después de la reunión, Cavallo cumplió y Tettamanti tuvo razón. Durante los años noventa, con el apoyo de Argentina, el GATT bajó las trabas al comercio internacional agrícola. El gobierno de Carlos Menem disminuyó los impuestos sobre la producción agraria y facilitó la exportación de granos y de carne. Pero, como bien se sabe, la liberalización de la economía no terminó en la Nueva Argentina que Cavallo fantaseaba. Resultó en la concentración de terrenos e industrias agrícolas en pocas empresas enormes y la eliminación de cientos de productores pequeños y medianos, con el abandono entero de docenas de pueblos rurales. Muchos de los productores que sobrevivieron, se endeudaron con altos niveles de insolvencia. Para la gente que quedó laburando en un campo y exportando cada vez más de su cosecha, no hubo beneficio económico o social de la Nueva Argentina de Cavallo.

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