• 6 diciembre, 2022

García Márquez y la masacre de Aracataca

“Eran más de tres mil -fue todo cuanto dijo José Arcadio Segundo-.

Ahora estoy seguro que eran todos los que estaban en la estación” / ‘Cien años de soledad’.

El 6 de diciembre de 1928 ocurrió la “masacre de las bananeras”, un crimen histórico del Estado de Colombia contra los obreros de la United Fruit Company estadounidense, que marcó la memoria de los trabajadores y el pueblo colombiano.

Gabriel García Márquez, nacido en Aracataca un año antes de la matanza, recupera en la trama de ‘Cien años de soledad’, fragmentos de recuerdos infantiles, relatos familiares y testimonios de sobrevivientes, componiéndolos en su narración ficcional. Gabriel va creciendo con la presencia fantasmagórica de esos cadáveres obreros insepultos, alimentada por la memoria alucinada de los vivos. Aracataca se trasforma en Macondo y José Arcadio Segundo en uno de los sobrevivientes de la masacre.

En 1905 se había instalado en Aracataca, municipio de Magdalena, una plantación de la United Fruit Company  que explotaba  el  banano para exportación. La llegada de la empresa trajo para la región tecnologías hasta entonces desconocidas. El tren era una de ellas. Además de partir cargado de bananas, llegaba con un aluvión de inmigrantes en busca de trabajo que, posteriormente, García Márquez llamaría  de ‘la hojarasca’ y al cual dedicaría uno de sus relatos más vívidos:

“De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callejón con un río en un extremo un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de los otros pueblos”.

Esta mano de obra era intermediada por contratistas y la United Fruit no se responsabilizaba por los reclamos de los trabajadores. Organizados en sindicatos, los obreros comenzaron un movimiento por nueve reivindicaciones: “Seguro  colectivo,  indemnización  en  caso  de accidente  de trabajo, descanso  dominical remunerado, aumento  de  salario en  cincuenta por ciento, suspensión de los comisionados dentro de la región, cambio del  pago quincenal por el semanal, suspensión de los contratos individuales y vigencia de los colectivos, un hospital por cada cuatrocientos trabajadores, un médico por cada doscientos e higienización de los campamentos de trabajadores”.

Los  dirigentes sindicales, comunistas y anarcosindicalistas, convocaron a una huelga que duró 28 días y que puso en pie de guerra a la empresa. El gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez declaró el “estado de alteración del orden público” y  “toque de queda” en la víspera de la masacre. Tratando de engañar a los trabajadores, se les dijo que el gobernador y el mismísimo gerente de la United Fruit llegarían en tren para proponer un acuerdo. Al amanecer del día 6 de diciembre, los  huelguistas se concentraron en la estación esperando a  las autoridades. Pero fueron  sorprendidos por la llegada del general  Carlos Cortés Vargas, jefe civil y militar de la región, acompañado por unos 300 soldados. El general leyó a la multitud cuatro decretos ordenando que se dispersase bajo amenaza de abrir fuego. Como la muchedumbre no se retiraba, Cortés  Vargas  dio un minuto más. Según la historiografía, una voz  en medio de la masa respondió: “Puede quedarse con el minuto que falta”.

Los militares abrieron fuego. La masacre ocurrió entre la una y media y las dos de la madrugada. El conteo de los cadáveres comenzó sólo a las seis de la mañana. Durante las cuatro horas previas hubo procedimientos para hacer desaparecer la mayoría de los cuerpos, reduciendo el número oficial a 9 víctimas fatales y sólo tres heridos.

En ‘Cien años de soledad’ es José Arcadio Segundo quien se encuentra en medio de la multitud que se había concentrado en la estación: “[…] esperando un  tren que no llegaba, más de tres mil personas, entre trabajadores, mujeres y niños, había desbordado el espacio descubierto frente a la estación y se apretujaban en las calles adyacentes que el ejército cerró con filas de ametralladoras.

“–Señoras y señores -dijo el capitán con una voz baja, lenta, un poco cansada-, tienen cinco minutos para retirarse .La rechifla y los gritos redoblados ahogaron el toque de clarín que anunció el principio del plazo. Nadie se movió.- Han pasado cinco minutos -dijo el capitán en el mismo tono-. Un minuto más y se hará fuego. José  Arcadio Segundo, sudando hielo, se bajó al niño de los hombros y se lo entregó a la mujer. ‘Estos cabrones son  capaces de disparar’, murmuró ella. José Arcadio Segundo no tuvo tiempo de hablar, porque al instante reconoció la voz ronca del coronel Gavilán haciéndoles eco con un grito a las palabras de la mujer. Embriagado por la tensión, por la maravillosa  fascinación de la muerte, José  Arcadio Segundo se empinó por encima de las cabezas que tenía enfrente, y por primera vez en su vida levantó la voz. -¡Cabrones!-  gritó-. Les regalamos el minuto que falta.”

El periódico ‘La Prensa’ de Barranquilla habló de 100 muertos. El general conservador Pompilio Gutiérrez, cinco meses después de la masacre, en una entrevista al diario ‘El Espectador’, afirmaba que tenía pruebas irrefutables de que los muertos eran más de mil y que el gobierno lo ocultaba. El escritor Carlos Arango en su libro ‘Sobreviviente de las bananeras’, habla de centenas de muertos y cita testimonios de choferes de los vehículos militares que llevaban los cadáveres hasta las lanchas para echarlos al mar antes de las 6 de la mañana. El propio cónsul de Estados Unidos, en un informe publicado tiempo después, afirmaba que los asesinados pasaban del millar.

Rápidamente, en la novela de García Márquez, el punto de vista de la masacre deja de ser el de José Arcadio Segundo para pasar a ser el de un niño que esté levanta del suelo, evitando que sea pisoteado por la multitud despavorida. “Muchos años después, el niño había de contar todavía, a pesar de que los vecinos seguían creyéndolo un viejo chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima de su cabeza, y se dejó arrastrar, casi en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una calle adyacente. La posición privilegiada del niño le permitió ver que en ese momento la masa desbocada empezaba a llegar a la esquina y la fila de ametralladoras abrió fuego (…)

“El niño vio una mujer arrodillada, con los brazos en cruz, en un espacio limpio, misteriosamente vedado a la estampida. Allí lo puso José Arcadio Segundo, en el instante de derrumbarse con la cara bañada en sangre antes de que el tropel colosal arrasara con el espacio vacío, con la mujer arrodillada, con la luz del alto cielo de sequía, y con el puto mundo donde Úrsula Iguarán había vendido tantos animalitos de caramelo”.

Las cuatro páginas que relatan el episodio son como una piedra incrustada en el texto. “Tratando de fugarse de la pesadilla, José Arcadio Segundo se arrastró de un vagón a otro, en la dirección en que avanzaba el tren, y en los relámpagos que estallaban por entre los listones de madera al pasar por los pueblos dormidos veía los muertos hombres, los muertos mujeres, los muertos niños, que iban a ser arrojados al mar como el banano de rechazo. (…) Cuando llegó al primer vagón dio un salto en la oscuridad, y se quedó tendido en la zanja hasta que el tren acabó de pasar. Era el más largo que había visto nunca, con casi doscientos vagones de carga, y una locomotora en cada extremo y una tercera en el centro. No llevaba ninguna luz, ni siquiera las rojas y verdes lámparas de posición, y se deslizaba a una velocidad nocturna y sigilosa. Encima de los vagones se veían bultos oscuros de los soldados con las ametralladoras emplazadas”.

Es bueno recordar que, para lo ocurrido en Aracataca, el gobierno colombiano y la United Fruit Company  -que poco tiempo después abandona la región- también construyeron una ficción. Su relato tiene, asimismo, una poética de muerte. Pensemos, por ejemplo, que la versión de los militares hablaba de 9 cadáveres, uno por cada reivindicación de los huelguistas.

“Eran más de tres mil -fue todo cuanto dijo José Arcadio Segundo-. Ahora estoy seguro que eran todos los que estaban en la estación”, la voz de García Márquez.

Es a partir de esta masacre asestada por la empresa bananera, que Macondo camina hacia su irreparable decadencia. José Arcadio Segundo deambula tres horas bajo la lluvia torrencial, que se prolonga por cuatro años, once meses y dos días. Todo se pudre. La naturaleza lentamente va recuperando todo lo que le fue retirado… “El tiempo pasa, pero no tanto”, dice Úrsula.

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Jorge Montero

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