• 7 diciembre, 2022

El canto triste del pobre Mensú

Selva, noche, luna, pena en el yerbal

El silencio vibra en la soledad

Y el latir del monte quiebra la quietud

Con el canto triste del pobre mensú.

El mensú, Ramón Ayala.

Por Sergio Alvez, desde Misiones/El Furgón

¿No se va a molestar usted si le digo que ese rico mate que usted toma todos los días le cuesta el lomo y la sangre a miles de tareferos allá de donde yo vengo? Perdone que no me presenté, se me pasó, me llamo Silverio, soy nacido y criado en Apóstoles, provincia de Misiones, ¿conoce?, no importa, yo le voy a contar. Misiones, la de la tierra roja. Apóstoles, la Capital Nacional de la Yerba Mate, ahí en la frontera internacional con Corrientes, como me gusta embromarle a mis cumpas correntinos. Ya estoy viejo, ¡uh si habré andado por estos pagos lagarteando en los yerbales para ganarme el pan! En el verano voy a cumplir 83 años y orgullosamente puedo decir que trabajé hasta los 80. Fui urú, guaino, y finalmente tarefero. Toda la vida tarefié. Toda la vida con la yerba mate. Ya le voy contar todito. Saben mis huesos que no fue fácil. Mis pulmones y mi sangre no me perdonan tanto sacrificio, pero, ¡ay! ¿qué iba a hacer sino? ¿morirme de hambre y matar de hambre a mi familia? Fui esclavo, eso ya sé. Trabajador y esclavo a la vez. Ya le voy a contar todito, es que me entrevero todo, se me mezclan todito lo recuerdos y este dolor de espalda y de cabeza que parece que me manda el mismísimo diablo. Los yerbales están llenos de esclavos mi amigo, eso no cambió nunca, qué va cambiar. Mejor empiezo de una vez.

Nueve años tenía la primera vez que corté unas ramas de yerba. Fui a acompañar a mi padre, que ya era tarefero. Él ya me había enseñado a usar el machete para cortar los yuyos (porque traían víboras) pero yo nunca pensé que tantas horas iba a tener que machetear. Papá me subía a un cajoncito de madera. Cortaba las ramas largas. De ahí se sacaba las hojas y las ramas finas. Después se zapecaba a llama viva, para deshidratar la hoja. De ahí cargábamos las hojas a lo que se llama raído, no sé si oyó esa palabra, es como un contendedor que hacíamos con tacuaras o ramas de isipó. Después eso ya no hubo porque llegaron las ponchadas. ¿Tampoco oyó usted nunca la palabra ponchada? Le cuento. Son grandes bolas de arpillera donde cargamos hasta cien kilos o más de hoja verde de yerba que después atamos y llevamos a nuestros lomos hasta los camiones.

Trabajador yerbatero. Foto: Juan Amadeo

Me acostumbré rápido a la tarefa. Como tenía hermanos más chicos, papá me siguió llevando y después nunca más dejé, ni cuando papá murió, pobre y con tuberculosis. Por eso que no pude ir más que segundo grado y después nunca más pisé una escuela. Tiene que entenderme usted: yo no sé leer. Coisa ruim e la tarifa…decía un peón brazuca que conocí una vez en un yerbal. Porque no anduve mucho por el mundo, ni el Chimiray nunca crucé, pero mirá que anduve por yerbales, Dios me libre…casi regué toda la provincia con mi sudor de tarefero explotado.

Siempre de campamento, le cuento un poco de eso. Cuando el yerbal de algún gringo estaba demasiado lejos de donde nosotros los menchos vivimos, nos llevaban y hasta que no terminábamos la cosecha no nos podíamos ir. Teníamos que acampar. Carpas de lona, algún catre, colchoneta o lo que había, no va a creer que mucha comodidad había. Si llovía nos mojábamos y nos enfermábamos. No sabe la cantidad de cristianos que vi morirse de pulmonía después de un campamento con lluvia. No sabe las cosas que vi en la tarefa. Muchas ni le voy a contar por vergüenza, pero vergüenza ajena, de saber cuánto mal puede hacerle un hombre a otro. Sí le voy a contar cómo nos estafaban con la famosa cantina o proveduría. Resulta que el patrón, que casi siempre era un gringo, ponía una despensita en el campamento, que le vendía al peonaje todo al doble del precio que estaba en otros lados. Y nos descontaban del jornal, que ya de por sí siempre fue una miseria. Había algunos que sólo comprando harina para el reviro y unos cigarros por días, cuando terminaba el campamento no tenían nada. Volvían a sus ranchos sin plata y con los huesos molidos. Sabe Dios lo que es volver y no poder mirar a la cara a tu gurizada que está esperando con hambre, a tu señora tener que decirle que otra vez la platita no va a alcanzar para nada. ¡Ay que sufrida la vida del tarefa que lo tiró!

Le voy a contar otra trampita del patrón. Escuche bien, porque esto sí que pinta de cuerpo entero a estos Aña Memby. Como yo le dije antes, nuestra única herramienta como tareferos, era el machete. A machetazos cortábamos hasta mil kilos de hoja por día. Siempre nos pagaron por kilo cosechado de hoja verde, nunca tuvimos salario. Hasta ahora. ¿Pero sabe qué pasó? El gringaje patronal decía que este sistema arruinaba todito las plantas. Empezaron a cambiar las palabras. Cambiaron la palabra cosecha por la palabra poda y ¿sabe qué?, la poda es arreglo de planta, entonces si hay gajos gruesos que usted tiene que podar, hay que hacerse con serrucho. Y ahí recién cortar las hojas con unas tijeras. Sí mi amigo, reemplazaron el machete por serrucho y tijera y pasamos de cosechar a podar. Pero ¿usted sabe la cantidad de tiempo que se tarda cin ese sistema para dejar la plantita bien podada? Y lo peor de todo, es que nuestra paga nunca dejó de ser por kilo de hoja verde. O sea, pa que se entienda, le podamos la planta gratis al patrón, porque no se incluye la poda en nuestra paga, y encima, la pérdida de tiempo nos hacía cosechar menos cantidad de hoja. ¡Cómo no vamos a ser pobres con tanto engaño!

La pobreza en los yerbatales. Foto: Juan Amadeo

Que en paz descanse en Tunquelito, Negro Souza, Hilario Da Silva, Caballo Loco y tantos otros que conocí en los yerbales y murieron al caer del camión subidos en los acoplados, trepados entre montañas de yerba en ponchadas. Muchos quedaron aleyados, sin pierna, medio tolongos, arruinados y tirados porque no hay ni hubo capataz o patrón que se haga cargo de un tarefa en desgracia. Te dejan tirado como perro. Gracias a Dios que ahora hace unos años parece que hay un sindicato ahí en Montecarlo que se está plantando para que no nos judeen tanto. Yo ya estoy viejo, si hasta me olvido las cosas y tengo que darle cada vez más al trago para olvidarme que la tarefa me rompió el cuerpo y el alma. Y eso que ni hablamos de las mujeres. Porqué sí mi amigo, hay mujeres tareferas, muchísimas. Son las que más sufren porque la peonada a veces se quieren abusar, no todos pero hay algunos cuantos maleducados como en todos lados. Son ellas las que llevan a sus hijitos al yerbal. Hasta a veces tienen que parir ahí.

Mi amigo, se me va el tiempo. ¿Qué me faltó contarle? Urú le dije que fui. Ya le cuento, rapidito, para que no se me quede con la intriga. El urú era, y hablo en pasado porque esas cosas ya no existen más acá en Misiones ni en ningún lado, el operario que en el secadero de yerba mate estaba encargado de remover constantemente la masa de hojas de yerba que se secaban en el antiguo sistema de barbacuá. Un trabajo más duro que la mierda, no era para cualquiera. Horas y horas luchando contra el fuego y el humo había que estar. Es lo más parecido al infierno que un hombre puede llegar a estar. Y le digo con conocimiento de causa. Para que se dé una idea: tenés que hacer el fuego, cargar las hojas en el secadero, vigilar, dar vuelta las hojas todo el tiempo con una pala grandota de hierro, para que no se quemen las hojas, y recién cuando están secas las hojas, bajarlas y juntarlas. Así doce, trece horas. Y el guaino, es el ayudante del urú. De eso también trabajé. Tarefero, guaino y urú. Para muchos, somos apenas los menchos, los mensú. Yo le voy a decir que somos: los olvidados.

Ahorita me voy, que todavía tengo que ir a prender el espiral, darle de comer a mi pichicho y a dormir que para eso es la noche. Lo único que le pido, es que se acuerde esto que le dije. Cuando usted tome un rico mate, recuerde, que ese placer descansa en la esclavitud del tarefero. Y que eso mi amigo, no puede seguir siendo así.

Fotos de portada e interior: Juan Amadeo

 

Sergio Alvez
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