• 2 febrero, 2023

Escritores, poetas y dictadura. La larga noche del ’76

Por Jorge Montero/El Furgón –

Indicios, informaciones de soslayo, algunas llamadas telefónicas de un laconismo exasperante. Alertas casi telegráficas, mensajes que quedarán sin contestar. “No vayas a la casa de…, que es una ratonera”. Se cargan en vilo a Haroldo Conti. Su compañera Marta Scavac grita desesperadamente que no se lo lleven; después escapa con sus dos hijos por una ventana. Rodolfo Walsh cae herido de muerte en el barrio de San Cristóbal, la patota de la ESMA lo sube al auto. Su cuerpo nunca será encontrado. A cada desaparecido corresponden, en efecto multiplicador, otras desapariciones. Desaparición de la libertad de pensar, de hacer pública nuestra opinión, libertad de actuar, de producir, de crear. De la alegría. El resto es silencio.

Rodolfo Walsh

Percepción de que algo terrible, irremediable, está ocurriendo en las sombras. Las redes de comunicación se disuelven en la noche pavorosa. El periodista Enrique Raab desaparecido. A Rafael Perrota, editor de ‘El Cronista’, “se lo chuparon”. Paco Urondo muere acribillado en una emboscada en Mendoza. ¿Dónde estarán esos cronistas, dónde esos poetas que como él, como Roberto Santoro o Miguel Ángel Bustos, habían creído con Mayacovsky en un futuro socialista? A los treinta y tres años, Bustos se preguntaba “¿A dónde me conducirá la locura que no sea el corazón de los hombres?”. A Miguel Ángel lo arrancaron de su hogar una noche de mayo del ’76, encerrados en la cocina su compañera y el pequeño Emiliano, hoy, como su padre, poeta. Un año después se llevaron a Roberto Santoro de la Escuela Nacional de Educación Técnica N°25 del barrio de Once donde trabajaba. Fundador de Barrilete, una de las revistas literarias más importantes de los años ’60, bajo el cimiento de que “Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad / No sirve para nada”.

Miguel Angel Bustos

Letras con filo. Lucina Álvarez y su compañero Oscar Barros, asiduos colaboradores, fueron secuestrados de su hogar en mayo de 1976 y jamás se supo de ellos. El volumen Palabra viva, editado en 2005, compila trabajos de la pareja y de un centenar de autores desaparecidos, algunos ya consagrados como Germán Oesterheld -guionista de historietas inolvidables como El Eternauta-, y muchos más que apenas habían comenzado a florecer. Tenía Alcira Graciela Fidalgo veintiocho años cuando la secuestró una patota al mando de Astiz. Hija del notable poeta jujeño Andrés Fidalgo, con voz propia escribe por la muerte del Che, y tal vez por la suya: “Su cara era lo único humano/ entre tantos despojos./ (Una última y precaria pureza/ se inscribe para siempre.)/ Nuestro final será/ -de alguna forma-/ el encuentro de todos/ con su oficio de aurora.”

Veinte años, Marcelo Gelman, poeta y periodista, desaparecido con su compañera en agosto de 1976. Su padre, el poeta Juan Gelman, pasaría años buscando a la nieta nacida en cautiverio -Macarena- hasta encontrarla, ya adulta en Uruguay. Otros treinta y dos escritores viven en aquel volumen, de quienes apenas puede reconstruirse su biografía, y muy poco de la obra escrita, porque durante la noche de los chacales, con la vida se perdía también la posibilidad de trascender.

Juan Gelman

 

Para los seres queridos comenzaba el calvario de la búsqueda, en medio de un pacto de silencio impuesto a sangre y fuego por la corporación militar con la complicidad de los grandes medios de prensa. La falta absoluta de información sobre la suerte de cada desaparecido constituyó un elemento más de tortura psicológica para la familia y los compañeros; nada más difícil de soportar que una prolongada incertidumbre. Noche y niebla. La dictadura atornillaba su poder no sólo por medio de la represión concreta, sino también a través de la expropiación de la identidad y de la permanente intimidación colectiva. En medio de la noche interminable, el 30 de abril de 1977 surgieron los pañuelos/pañales blancos de las Madres de Plaza de Mayo, que así, poniéndole el pecho al terrorismo de Estado, le pusieron nombre al genocidio. Y lo dieron a conocer por todo el mundo.

Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, en el Tigre

Humberto Costantini puede salvar la piel, huye con lo puesto hacia lo desconocido. Aunque la “suerte” acompañe al exiliado en tierras lejanas, la vivencia nodal será el desgarro, el extrañamiento, el injerto con dolor. David Viñas consigue una cátedra, pero es en Copenhague. A pesar de todo llevará en alto su solemne pobreza y dos heridas que no cerrarán, una por cada hijo desaparecido, y para vivir dará clases o recogerá cosechas, en Italia, Francia, Alemania o España. Desde el destierro escribe ‘Cuerpo a cuerpo’, arremetiendo a cuchillo contra la dictadura. Héctor Tizón sólo consigue empleos de temporada. Daniel Moyano, escapado de La Rioja, trabaja en una fábrica, consumiéndose lentamente bajo el fuego de la nostalgia.  Antonio Di Benedetto, con cuatro simulacros de fusilamiento a cuestas y el más viejo de todos, en una revista médica. Honestos oficios terrestres, mientras esperan recuperar algún día la profesión de escritor. La lista es inmensa dentro del desorden del exilio: Vicente Battista, Osvaldo Bayer, Jorge Boccanera, Nicolás Casullo, Griselda Gambaro, Juan Gelman, Leónidas Lamborghini, Blas Matamoro, Néstor Perlongher, Pedro Orgambide, Cristina Siscar, Osvaldo Soriano, Alberto Szpumberg, continúan los nombres.

Revista Barrilete

Y no falta quien, superado el primer desgajo, se pierda en el desexilio, el retorno. La segunda y problemática inserción. Lo llamaban “el juglar de la Revolución”. Corrían los años ’60 y había cambiado Ciesler, su apellido europeo, por Huasi -“la casa de todos”-. Julio Huasi visitador de fábricas en huelga y cárceles con presos políticos, como él mismo lo fuera en otra dictadura. Cortázar le escribe: “Querido tocayo: (…) Te imaginas lo que siento al leer ‘Asesinaciones’, lo que puede sentir un argentino ante cada uno de esos poemas. Y digo cada uno porque es así, porque no hay ni uno solo que salga de esa línea espantosamente lúcida(…). Y cuando llegué al ‘El Gurí’ se me aflojó la canilla, que querés, la presión de todo lo ya leído me cayó en la espalda”.

En ‘El GuríHuasi cierra: “mi pibe, cabrito, chango, botija, gurí, chaval, le hablo en mil idiomas,/ tu hermana está muy lejos tras un mar nos miramos en silencio,/ papá les dejará un tesoro bárbaro de herencia,/ siete versos inservibles, una navaja que cojea,/ las banderolas del pantalón, cáscaras de ilusos delirios/ pero antes de eso les prometo un buen bailongo, una gran/ fogarata, y los niños serán reyes y las patrias alegrías,/ no te aflijas, guachito, total qué si venceremos,/ nunca estuvo más oscuro que antes de atacar”.

Julio Huasi

Rabia, angustia, desesperación. Impotencia. Al cabo de su exilio español, encuentra en Buenos Aires un trabajo en la revista ‘Punto Final’, y una militancia en el periódico de las Madres de Plaza de Mayo. Aun así, no acierta un horizonte para soñar. Y un día de marzo de 1987, el descubridor de neologismos, “matria mía”, “serumano”, “yanquería”, “gardelaire”, “asesinaciones”, decide irse de todo y de todos en la soledad de una pieza de alquiler.

“Sin embargo/ no crean/ A veces hay relámpagos./ Son breves, pero existen./ Se fraguan por abajo…”, así dice Armando Tejada Gómez. Lo secuestraron en Rosario. Se lo encontró malherido a un costado de la ruta a Buenos Aires. El poeta se exilió en España con su amigo Hamlet Lima Quintana. Pero ninguno resistió el extrañamiento, y retornaron los dos a la Argentina para inventarse un exilio interno. Exilio que Armando ponía en riesgo al distribuir soterradamente sus poemas escritos en dictadura, y que reunirá más tarde en un libro, Bajo estado de sangre.

Roberto Santoro

Dispersos, desolados, desnudos en la pesadilla, escondiéndose del monstruo de mil cabezas, otros decidieron permanecer aquí, porque estaban anclados en afectos que no podían dejar, por mera obstinación, por ingenua omnipotencia, o simplemente porque no pudieron trepar al tren del exilio; se inventaron nuevos nombres y lugares secretos bajo la superficie incendiada de la gran capital. Algunos se armaron una nueva vida en estado latente bajo el precario sosiego, siempre sospechoso, de los pueblos pequeños.

Julio Cortazar

 

Sobrevivir en emergencia. Cambiar abruptamente de domicilio, a menudo en préstamo; cambiar también de nombre, inventarse nuevos oficios, por lo común con pagos “en negro” y una escuálida relación de dependencia, lejos de los lugares de concentración de trabajadores. Corretajes, artesanados, colaboraciones periodísticas bajo seudónimo, labor de “escritor fantasma” que reescribe textos de novatos, o pergeñar alguna experiencia de autogestión. Y cuando no, comer salteado. No intimar con vecinos, pero sin mostrarse huraños, por las dudas. Visitar familiares o amigos fieles recorriendo antes y después calles, para confirmar no ser seguidos y no “quemar” domicilios. Enterrar con premura en jardines los libros y discos amados, cada vez el aire se enrarece todavía más.

La poeta Diana Bellessi busca refugio en una isla del delta del Paraná. En sus fugaces retornos a la ciudad, graba entrevistas a las Madres de Plaza de Mayo y remite el material al exterior. Poeta y editor empedernido, José Luis Mangieri envía a su familia a casa de parientes en provincia y vive confinado en un modesto cuarto de Parque Patricios. La anécdota no tiene desperdicio: Estando en la clandestinidad, se arriesgó a visitar a su madre ya mayor, que vivía en el caserón familiar de Floresta. Lo hizo con tal suerte que llegó en el mismo momento en que el ejército estaba realizando un procedimiento en la casa, lo buscaban a él. Tocó el timbre, vio a su madre que abrió la puerta sin decir palabra, rodeada de militares, y Mangieri dijo: “Señora, soy el electricista. Veo que está ocupada. ¿Le parece que pase en otro momento?”. “Sí, por favor, venga más tarde”, fue la respuesta de la madre, que no en vano había criado a ese hijo. Y así Mangieri se salvó de un destino probablemente fatal.

David Viñas

 

Leonor García Hernando talentosa, de enorme voluntad de trabajo. Era adolescente cuando dejó su Tucumán natal, cuyos montes el general Bussi convirtió en un pequeño Vietnam, como sangriento preámbulo de la dictadura del ’76. Eligió quedarse en Buenos Aires, vendió libros para sostenerse, cumplir una labor militante en las Nuevas Promociones, espacio abierto en la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), al impulso de un colectivo de jóvenes que querían reunirse, respirar algo de oxígeno. Y leer sus poemas y relatos ante un público dispuesto a desafiar las recomendaciones de recluirse en casa. “Tuvimos un tiempo raro/ encarnábamos la historia agria de traición/ en todo caso/ nuestros cuerpos fueron la pampa de los matarifes/ y, es cierto, nuestra piel era tensa como tela a punto/ de rajarse./ La noche sería de lápices rotos en los estuches/ de lámparas pesadas como un rastrojero/ en el barro/ un celofán cubría las bocas/ el escribiente tardaba en cerrar los envases de tinta/ del pupitre/ y todavía la sangre recibía una linfa de amapolas”, describió Leonor esa época.

Leer y escribir, leer y escribir. Andrés Rivera se mete de lleno en una literatura que no olvida ni por un segundo la política. “Viví en Córdoba de 1970 a 1974. Fui un testigo privilegiado de las luchas obreras y de la represión descargada contra ellas. Conocí a muchos dirigentes de Sitrac-Sitram y salvamos varias veces nuestras vidas por azar. De haber seguido en Córdoba, ninguno de nosotros estaría vivo. Nuestro teléfono estaba en las agendas de todos. Susana -su compañera- viajaba una vez por mes de Buenos Aires a Córdoba a llevar dinero para las mujeres de los dirigentes del Sitrac que estaban presos. Esos hombres, ahora, hoy, son hombres olvidados, viejos, cansados”. En 1972, Rivera publica los cuentos de Ajuste de cuentas. Y después, el silencio: “vino la dictadura, y yo no podía publicar por dos razones. Primero: ningún editor habría querido hacerlo. Segundo: si publicaba, iba a dar lugar a equívocos peligrosos. Pero escribí ‘Nada que perder’ y ‘Una lectura de la historia’. Allí estaba el trabajo de diez años de silencio forzado. El mismo silencio que le ocurrió a muchos”. El silencio de diez años de Rivera, entre 1972 y 1982, fue el silencio de un país, el silencio de las mayorías desposeídas. Andrés Rivera tomó nota de ese silencio. Leer y escribir. Lacónico. “La izquierda lee, la derecha asesina”.

Andrés Rivera

También están los otros. Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, el sacerdote Leonardo Castellani, el presidente de la SADE Horacio Ratti, asisten a un almuerzo muy particular. El 19 de mayo de 1976 los recibe en la Casa de Gobierno, Jorge Rafael Videla. Tiende una línea de “diálogo” con intelectuales insospechados de colaborar con la “subversión”. Borges y Sábato, terminado el ágape, elogian al anfitrión ante la prensa.

La reunión de escritores con Videla

A comienzos de los ’70, la revista faro era Crisis. Muy pronto tuvo sus desaparecidos, entre ellos Haroldo Conti, por lo que debió cerrar en agosto de 1976. Y Eduardo Galeano, Aníbal Ford y Zito Lema, de su mesa de redacción tuvieron que exiliarse entre gallos y medianoche.  Una mañana, algunos meses antes, Juan Gelman apareció en la revista y dejó sobre el escritorio de Galeano un paquete envuelto en papel de diario y atado con piolines. “Me tuve que mudar de casa. No sé adónde. Salgo a buscar. Cuidame las pertenencias”. La próxima noticia de Gelman llega en carta desde Roma, donde lo dejó el avión que lo salvó raspando de la condena a muerte: “Como ves, soy jodido para querer. La mayor parte del tiempo, me basta con hacerlo. Sé que no es suficiente. Somos muchos los que andamos con el cariño estropeado, pero hay que tener valor para sacarlo de adentro con estropeaduras y todo”.

Ejemplares de “Crisis” de la primera época

Después de un año y medio de dictadura, la escena no resultó extraña a los atemorizados vecinos del barrio de Once. El reloj de Federico Manuel Vogelius, editor de Crisis, marcaba poco más de las cuatro de la tarde cuando fue interceptado por una patota del Primer Cuerpo de Ejército, y secuestrado con fines extorsivos. Seis meses después pudo escapar. Pero Fico, “el mecenas florentino del subdesarrollo”, no pudo aventar su destino y en 1978 fue nuevamente detenido y puesto ahora a disposición del PEN. La campaña oficial “Los argentinos somos derechos y humanos” estaba en su apogeo.

Simultáneamente, en Rosario, crepitaban a manos de los émulos locales del III Reich, libros reunidos con esfuerzo por la Biblioteca Popular Vigil, con un ambicioso proyecto de difusión de la lectura, en escuelas, cooperativas y un observatorio. El 30 de agosto de 1980, se repetía el rito en un baldío de la periferia bonaerense. Ardían más de un millón y medio de libros y revistas del Centro Editor de América Latina (CEAL), fundado por Boris Spivacov. Al día siguiente, treinta mil obras publicadas por la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba) se incineraban en los cuarteles militares de Palermo. Los chacales satisfechos. Para Julio Cortázar un “genocidio cultural”.

Quema de libros del CEAL durante la dictadura

En junio de 1976, antes de partir a su exilio en México, Carlos Patiño le pide a Roberto Santoro -su compañero del Barrilete-que también él deje el país: Esta guerra está perdida. No vamos a poder enfrentarlos, nos van a matar a todos. Cuando vengan, ¿con qué les vas a tirar? ¿Con libros?”. Santoro no se va. Apenas 20 días antes de ser secuestrado, escribe: “Qué desgracia que no alcance el tiempo y uno tenga que remar como un esclavo en medio de este trabajo que no da ni para llegar a fin de mes, sabiendo encima que existe la posibilidad de caer en cualquier momento y por cualquier cosa. El ruido de las sirenas lo tenemos de música de fondo. Dale que dale, como un organito represor y desesperado. Oh, el mundo occidental y cristiano. Un día florecerá la vida y el sol tendrá el color que se merece. (…) Cada día se necesita más aliento. Vivir se ha puesto al rojo vivo, así dice Blas de Otero. Vale. Están todos presentes. También los otros. El recuerdo es una aguja permanente que nos está cosiendo y descosiendo el alma. (…) El futuro me acompaña. Es el amor permanente, fiel, que nunca me abandona. No le pienso dar tregua.”

Es duro el corazón de la verdad. Pero ineludible. Para poner el pasado en tiempo presente, y así ganar el futuro. Para que el resto no sea silencio.

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